
Decía Henry Adams que la política, en tanto práctica, sin importar cuál sea su profesión de fe, ha sido siempre la organización sistemática de odios. Lo político siempre otorga el permiso para detestar a alguien. No hay más que mirar, por ejemplo, la Revolución francesa, cuando el enemigo a odiar era el aristócrata. Esta fue la primera “revolución de los blancos”, para citar a Oswald Spengler. O de los “blancos contra los blancos”. Porque la denominada Revolución inglesa no tuvo esa connotación excluyente, como tampoco la Revolución de las Trece Colonias, que hacía reclamos comerciales al poder colonial hasta que se le agregó el concepto de libertad individual, emanado del liberalismo del siglo XVIII.
Marx aprovechó astutamente esta primera “revolución blanca”, transformándola en la segunda, la de la “lucha de clases”, que pese a la derrota de 1989 (“Al fin, Marks & Spencer han triunfado sobre Marx & Engels”, dijo Margaret Thatcher ) todavía sobrevive. A falta de “objetivo clasista”, ha encontrado su “segundo respiro” –sea por reflejo, o por necesidad de alianza– en una revolución, que contrariamente a las “blancas” no viene de adentro, sino de afuera.
A esta revolución que viene de afuera, Spengler la llamaría “revolución de color”. Pero no en el sentido de “raza” como biología. Spengler no utilizaba los vocablos “blanco” y “de color” en un sentido estrictamente etnológico. Muchas veces subrayaba que era absurdo referirse a “razas humanas” cuando las mezclas habían sido infinitas desde la noche de los tiempos. Sus denominaciones “pálidas” o “coloreadas” obedecían a una búsqueda de “ethos” –subyacente en lo que una “raza” aporta en tanto cultura y como pertenencia– y no en un ridículo biologismo, trasnochado y mortífero. Lo que hoy se denomina “los valores de una civilización confrontados con los de otras”. Que tal confrontación se haya llamado también “clash of civilizations” (por cierto, Samuel Huntington no ha sido sino el publicista de quien primero elucidó el asunto, Bernard Lewis) sólo devuelve actualidad a lo que escribió Spengler, sesenta años atrás.
A estas alturas, el lector ya debe haber adivinado de qué estamos hablando. El islamismo que pretende instaurar el califato mundial y convertir a la fuerza a todos los infieles o matar a los que se resistan, es esa gran “revolución de color” que Spengler avizoró como la más formidable amenaza para la civilización occidental. Asimismo previno que la otra amenaza, la “blanca” de la “lucha de clases” se aliaría con ella. ¿Qué es sino el “socialismo del siglo XXI”? O: ¿por qué Evo Morales reinvindica del modo en que lo hace el comunismo primitivo de los “indígenas”?
No obstante, una de las diferencias –que por el momento no son importantes– entre tales aliados radica en que los partidarios de la “lucha de clases” se atienen a lo señalado por Henry Adams: organizar determinado odio en política. De la misma manera en que, por ejemplo, el cristianismo medioeval aborrecía al paganismo, o más extendidamente, los de la “izquierda” detestan a los de “derecha”. Esta instrumentalización explica en sí misma que los “blancos” que se dicen ateos se sitúen hoy junto a los partidarios de Alah.
Sin embargo, el fundamentalismo musulmán no canaliza ningún odio en un objetivo político, sino que ha transformado ese odio a todo y a todos –incluyendo a la “vida” como la entendemos en Occidente– para definir su “ethos” en política.
“Los musulmanes no tienen otra alternativa que la guerra santa armada contra los gobiernos profanos. Una guerra santa significa la conquista de todos los territorios no musulmanes. Es el deber de cada hombre adulto de presentarse como voluntario para esta guerra de conquista, cuyo objetivo final es el de instaurar en el poder a la ley coránica de un lado a otro de la tierra. (…) Cada parte del cuerpo de un individuo no-musulmán es impura, sean sus cabellos, sus pelos, sus secreciones. Todo hombre o mujer que niega la existencia de Dios, o cree en la Trinidad cristiana, o no cree en el profeta Mahoma, es impuro, como lo son los excrementos, la orina, los perros y el vino”, decía el ayatolá Jomeini.
Que el odio en el fundamentalismo existe per se, y que ha sido en razón de su propio avatar que ha devenido en política, lo confirma el hecho de que concebir un profeta pacífico como Jesús era inimaginable para Jomeini. Estaba persuadido que su mensaje había sido distorsionado por los occidentales: “Esa idea de mostrar la otra mejilla ha sido falsamente atribuida a Jesús (la paz sea con él); han sido esos imperialistas bárbaros quienes se la han atribuido. Jesús era un profeta, y ningún profeta puede ser tan ilógico”.
La incapacidad del ayatolá para entender a Jesús quizás ilustra ese odio que es alfa y omega en la ideología islámica.
Varios de los representantes de estas tinieblas absolutas están ahora reunidos en La Habana, en la Cumbre de NOAL, mano a mano con los supervivientes de la “revolución blanca” o con uno (Morales) que concilia ambas, la “blanca” y la “de color”. El resto –la mayoría– les hace de comparsa, con o sin consciencia de ello.
Que Dios nos proteja.
Isis Wirth
Munich




1 response so far ↓
1 Anonymous // Dec 13, 2006 at 12:43 pm
¿ Qué quieres justificar ?
Mezclar la ideología marxista con la teocracia islámica es utlizando un eufemismo, simplemente canallesco.
Abate Marchena
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