
“Muori, Castro, muori!”, podría decirse ahora, tal y como Floria Tosca le espeta a Scarpia, puñal en mano. El escenario de esta muerte anunciada, punteada por súbitas resurrecciones es un melodrama de tan mal gusto como el de la ópera citada.
A falta del puñal, la mise en scène obedece a ciertas normas de la teología política. Se ha estado representando, si recordamos a Kantorowicz, que el cuerpo político, inseparable del cuerpo natural, suprime la debilidad del cuerpo natural. Y lo han logrado, por el momento. La sucesión es un hecho.
Esta aberración ( “el rey no muere jamás”), contraria a los principios elementales de la razón humana y política, no debería sorprendernos. El “corpus Christi” paulino, fundador de Occidente, cambió posteriormente a “corpus republicae mysticum”, que se asimiló al “corpus morale et politicum” del cual emergió la fórmula del “cuerpo político” del rey que nunca muere.
Castro es el último ídolo de una religión política moderna, pues este extraño dogma surgido en el medioevo—constatemos, de paso, la coherencia del personaje, señor feudal y aprendiz de jesuita—continuó su camino, mutatis mutandis, hasta bien entrado el siglo XX. La “eternidad” del “estado soberano”—otra obsesión castrista—descansaba en tres palabras claves: la Corona, la Dignidad, la Patria. En los regímenes que en el pasado siglo se apartaron escandalosamente de la noción consensual de soberanía popular emanada de la Ilustración, la “Corona” fue reemplazada por doctrinas “proletarias”, “nacionales”, “internacionalistas”, “raciales” y del “partido”.
Esta mística laica—o pagana, en el caso del nazismo—transfirió la “eternidad” del cuerpo político al culto a los muertos, fuesen éstos tanto los denominados mártires del putsch de 1923 en Munich—cuya apropiación castrista fue al ataque al cuartel Moncada—, o en otra vertiente, la momia de Lenin en la Plaza Roja, para no mencionar el infame culto guevarista.
Ahora el que se muere es el propio Castro. Con mausoleo o no, lo determinante es cómo se ha articulado ya sobre su cuerpo patético una modalidad de sustitución (“a rey muerto, otro Castro puesto”), o la proclamada “continuidad de la revolución”.
Con el “secreto de estado” pretenden silenciar al cuerpo natural. Idéntica operación a la que se efectuaba con los soberanos absolutistas enfermos de gravedad. Ese silencio debía ser llenado con las palabras, inscritas en mármol, de la “gloria” del rey. En el caso de Cuba, la misión le tocó a la Fundación Guayasamín. El cuerpo del rey puede estar roído por la enfermedad, pero en tanto que “agente absoluto de la historia”, sigue todavía en escena.
Pero aún nos falta el último acto. Probablemente se manifestará otro concepto de esta mística medioeval, el de “Dignitas non moritur”. Mejor dicho, ya se ha manifestado la idea de la continuidad del cuerpo natural del rey, garantizada por la sucesión dinástica.
La articulación de tal concepto incluyó en su origen el enunciado “morir por la patria”, una muerte meritoria que legitimaba el sacrificio. Otro desplazamiento del cuerpo cristiano que no por casualidad apareció por primera vez durante las Cruzadas. Mussolini lo utilizó con su “Chi muore per Italia non muore”. Acaso veremos como, tras el acto final, dirán que nuestro rey “vive porque ha muerto por la patria”. Después de todo, así se anuncia en el himno nacional cubano.
Isis Wirth
Munich




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