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Retrato de familia con Raúl

March 14th, 2007 · 3 Comments


Pido licencia a Carlos Franqui para utilizar el título de su libro Retrato de familia con Fidel y extenderlo a otra rama del árbol genealógico de la familia Castro. Retrato… fue editado en España en 1981 y leído en Cuba de manera clandestina. En la portada aparecen dos fotos, una publicada en el diario habanero Revolución en 1962, tomada el 1 de enero de 1959, en la que Franqui aparece junto a Fidel; en la misma foto, reproducida en 1973 por Granma, el ex comandante Franqui había desaparecido. Así, la historia de la Revolución se actualizaba excluyendo a las figuras que habían dejado de acompañar las mutaciones políticas del futuro dictador.
En 1990 me casé con el primogénito de un alto oficial de las Fuerzas Armadas, por entonces retirado. De mis amigos recibía críticas y elogios: entraba en el mundo de los policías; salía de un barrio residencial de clase media baja para desearles un buen día a mis vecinos embajadores, comandantes y generales, al único cosmonauta caribeño y a las escoltas que en cada esquina velaban por el bienestar de sus habitantes gubernamentales.
Entré por primera vez en aquella casa cuando acabábamos de recibir malas noticias de
la Unión Soviética: dejábamos de recibir subsidio, comenzaba la guerra de Irak emprendida por el primero de los Bush y mi suegro alertaba: “debemos acopiar comida, comprar lámparas de kerosén para los apagones”. En el recibidor, una imagen congelaba mis expectativas de cambios: el viejo oficial retirado exhibía su propia foto de familia… con Raúl. Raúl Castro lo abrazaba, radiante, en una recepción oficial para homenajear al cosmonauta ruso Yuri Gagarin. Abrir la puerta y posar la vista sobre esa foto ubicada en la pared más estratégica de la casa me llevaron a indagar, no sin cierta cautela, sobre los vínculos de mi suegro con aquel sujeto que, años atrás, lo había enviado al paredón, del cual lo libró la gratitud del Che: a pesar de las diferencias entre el oficial de carrera y los guerrilleros, si muchos sobrevivieron fue gracias a que no lanzó las bombas con que tal vez los hubiera aniquilado. Álvaro Prendes era en los noventa un Coronel que en los sesenta había obtenido los grados de comandante por hundir barcos en la invasión de cubanos exiliados a la isla en 1961, y que durante la dictadura de Batista, siendo ya capitán de la Fuerza Aérea graduado de oficial en West Point, había organizado una rebelión abortada en la ciudad de Cienfuegos y lanzado al mar las bombas que sus superiores le ordenaron lanzar sobre la Sierra Maestra. Para los guerrilleros de entonces, Prendes se convirtió en uno de los suyos: les había salvado la vida y había pagado su desobediencia en la cárcel. Nunca retiró de su dedo anular el anillo de graduación de West Point, y de esos momentos de su juventud conservaba algo que allí se había detenido: el diminutivo “Al”, la fina etiqueta social y la prosa engolada. Fue entonces que comencé a pensar en ese otro lado de la moneda castrista. ¿Por qué, si mi suegro lo odiaba, también exhibía a Raúl como trofeo? Con seguridad, la experiencia acumulada en antiguos intercambios con el Ministro de las Fuerzas Armadas le sugerían que lo mejor era protegerse: allí estaba “el sucesor”.
En 1989 Raúl Castro ganó notoriedad cuando un tribunal militar anunció el fusilamiento de varios de sus más cercanos colaboradores bajo la acusación de narcotráfico. La precariedad de su retórica y la mediocridad de sus observaciones dejaron atónitos a todos los que presenciamos aquel juicio sumario por la televisión. Acostumbrados a la oratoria de su hermano mayor, el menor de los Castro nos hacía pensar en la posibilidad de tener que vivir algún día bajo el poder de esas hilachas de palabras incomprensibles. En ese momento, cuando sobrecogidos y temerosos presenciábamos un acto público de castigo que era también una advertencia colectiva, la imagen de Raúl enriquecía el repertorio de la sabiduría popular con un punto negativo.

Raúl no dejó entonces una buena imagen; imagen que desde la foto a la que debía sacarle el polvo en días de limpieza transformaba mi nuevo hogar en una mentira.

Siempre incomodó su presencia de sombra perpetua frente al carisma de Fidel; sonaba falso que
la Primera Dama del país no fuera la mujer de Fidel Castro y sí su cuñada Vilma Espín. Ante la mayor elegancia y estatura de su hermano, Raúl no pasaba de un monigote callado con bigotito hitleriano. Se comentaba además, que a pesar de su numerosa descendencia, le gustaba rodearse de jóvenes oficiales robustos y sensibles. Popularmente siempre fue conocido como La China, y transformar sus atributos varoniles incrementados por el mito guerrillero en motivo silencioso de desconfianza popular sobre su sexualidad era otro dato negativo.
Leyendas más antiguas, que su discurso de 1989 corrobora, nos hablan de sus pésimas notas como estudiante de Derecho, de su mediocridad entre intelectuales comunistas y oficiales más aventajados, que habían hecho de la alfabetización y de la enseñanza pública obligatoria una bandera. ¿Cómo era posible que este hombre no consiguiera discursar con la solemnidad y el decoro a que la ocasión obligaba? El General de División Arnaldo Ochoa había sido ejecutado e, incluso desde mi nueva residencia, aquellas incoherencias amenazadoras me dejaron el regusto y la incomodidad que producen la mala dicción y la falta de ingenio en una joven que se pretende escritora. A partir de ese momento, abrir la puerta de casa y mirarle directamente a los ojos me hacía pensar: está aquí para garantizar el orden, pero también es una carta de presentación y de falso prestigio. La familia no tardó en desintegrarse, el viejo Al falleció en el exilio. No creo que en Miami esa foto volviera a presidir el vestíbulo de su casa, bastante más modesta.

Salvo aquella fotografía, que más que “de familia” se tornó familiar, no existe en mis recuerdos otra imagen de Raúl. Su aura es para mí su sino: antipatía, torpeza verbal, ejecutor del mandante, distancia del pueblo y encierro en un ministerio que, además de vigilar por el orden político y económico del país, pasó años invirtiendo abundantes recursos en entrenar y exportar guerrilleros hacia otros países de América Latina.

Ahora que la expectativa en torno a su figura aumenta, los medios de prensa cubanos han optado por la discreción, mientras que en territorios sin censura la curiosidad no conoce límites. Se impone la necesidad de conseguir respuestas de especialistas o de gente común. Yo me cuento entre las últimas, porque limpié el polvo de su fotografía e intercambié recetas culinarias con mis amigas, desde un teléfono que también parecía estar ubicado bajo su foto sólo para que él pudiera escuchar.

Entre los especialistas en economía, política e historia de Cuba las opiniones son tan camaleónicas como las posturas ideológicas y las áreas de conocimiento de cada cual: Raúl sería un dirigente “blando”, retomaría las reformas de mercado que su hermano agonizante insiste en paralizar; se le identifica, inclusive, como un posible Den Xiaoping; entre frijoles para apaciguar el hambre y tanques de guerra en las calles afirman que Raúl prefiere los primeros. Por otro lado, su edad lo limitaría para comandar un período de transición después del cual el país podría tomar rumbos más democráticos; el hecho de ser el substituto temporal y no el líder unipersonal de la Revolución restringen sus posibilidades de ser respetado por interlocutores nacionales y extranjeros.

De todas estas especulaciones se desprende cierto optimismo, una esperanza en que los cambios por llegar serán para mejor. Raúl, aunque no tenga carisma ni talento para discursar durante horas bajo el sol o la lluvia, no sólo controla el ejército, sino también la economía. Toda la estructura de consumo en dólares, paralela a la libreta de racionamiento que garantiza algunos kilogramos de arroz y azúcar al mes para la población, se encuentra en manos del Ejército. El resto es pura fachada.

Como ciudadana común lanzo mi propio tarot: pronto aparecerán las cuentas astronómicas en paraísos fiscales y se quemarán los falsos pasaportes con que los funcionarios del gobierno viajan a zonas francas para comprar y revender en divisas los productos falsificados que buena parte de la población de países latinoamericanos consume en barracas callejeras.

Un último retrato, escrito por alguien que debe tener un álbum repleto de fotos de familia con Raúl, aunque tampoco se encuentra en condiciones de escribir un nítido retrato:


“Pragmático en temas económicos, adicto a los informes de los servicios secretos y a voluminosos expedientes sobre el resto de los dirigentes, desconfiado, como su hermano, de la cultura y los intelectuales, amante de sus cuatro hijos y siete nietos, despiadado en las decisiones en que se pone en juego la supervivencia del régimen, nostálgico del comunismo soviético, inexperto en relaciones internacionales, aficionado impenitente al vodka y el dominó, y temido sin excepción entre la clase dirigente, el ministro, como se le llama respetuosamente en esos círculos, no es hombre que pueda describirse de una sola pieza.” (Alcibíades Hidalgo, “¿Quién es Raúl Castro?”, conjunto de opiniones y análisis publicados en Madrid por la revista Encuentro de la Cultura Cubana, n. 41/42, verano/otoño de 2006.)

Idalia Morejón Arnaiz
São Paulo

Temas: Idalia Morejón

3 responses so far ↓

  • 1 machetico // Mar 28, 2007 at 6:38 pm

    Idalia: Como estas? La foto a la que haces referencia, que uso Franqui para su libro tiene aun otra version mas. En la tercera borran a Jorge Enrique Mendoza, el de Radio Rebelde. En esta ultima creo que queda el Fifo solo sobre fondo blanco. He visto las tres together, pero ahora no recuerdo donde. Un abrazo.

  • 2 idalia // Apr 2, 2007 at 5:35 am

    pues sí, machetico: y del retrato chez prendes sólo queda un sobreviviente: el sucesor.
    gracias por la información.
    un abrazo.

  • 3 Cubacan // Apr 26, 2007 at 4:19 pm

    Hola Idalia
    Tengo una pregunta, cuando vivia en Cuba, conoci a Orlando Prendes, creo que su papa era general de brigada y llevaba su mismo nombre Orlando Prendes, si mal no recuerdo, es esta persona sobrino, de Alvaro Prendes?

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