Unos meses después de lo referido anteriormente, Néstor se mudó para un apartamentico por la zona de Sèvres-Baylone, en donde lo seguí visitando de vez en cuando. Ya se estaba ganando mejor la vida gracias a unas películas que Educación Nacional le encomendaba como camarógrafo. A falta de pareja regular o vida familiar, la intimidad de Néstor estaba constituida por algunos amigos y el teléfono era el instrumento privilegiado de sus relaciones humanas. Toda su afectividad se volcaba en sus amigos, resultando que sus relaciones amistosas fueron siempre apasionadas y a menudo sacudidas por malentendidos surgidos después de disputas sobre la calidad de un film o el juicio diverso que sobre un libro o una pintura hubiesen podido tener los amigos que había elegido como parte de esa familia espiritual en el seno de la que él vivía su monástica vida privada. Algunas tardes o días de descanso en fin de semana recibía a alguno de ellos, como Germán Puig, o yo mismo, o al principio Severo Sarduy –antes de que François Wahl lo secuestrase definitivamente, alejándolo de nosotros (quienes, según este mentecato personaje que le amargó la existencia desde el día en que lo cogió bajo su protección material y el paraguas social de su condición granburguesa, le impedíamos ascender triunfalmente hacia el empíreo de la Gloria Literaria a la que él lo había convidado y le instaba continuamente a conquistar.
Todos teníamos nombretes: Adua la Pedagoga era el de Néstor, quizas por ser hijo de Herminio Almendros, el prestigioso intelectual republicano especialista en Martí, o por sus aires profesorales y el mucho saber que no sólo sobre el tema del cine tenía, sino también por su cultura general humanista que sin duda le venía de su familia.
Severo era “La Chelo”, por Chelo Alonso, una bailarina mulata que se introdujo por aquellos años (no sabemos cómo, pero nada nos impide inferir por otros casos parecidos los medios probablemente utilizados para llegar a sus fines), hasta ser lo que llegó en efecto a ser, es decir, una estrella de las superproducciones historicas de Cinecittà, en las que hacía de mujer de Gengis Khan, la hija de Tamerlán, la emperatriz del Brahmaputra o cualquier fantasía histórica en exótico escenario que pasase por la acalorada cabeza de los libretistas italianos de la época.
Por cierto que esta ejemplar cubanita terminó, en la vida real, casada con el maharajá de un reino de Malasia, donde hoy debe existir luenga dinastía de princesitas o quizás inclusive de príncipes o de reyes herederos de su insular linaje, si alguna rebelión marxista no ha dado al traste con aquel reino del que ya se ha perdido la cuenta en esta parte del mundo, al menos en lo que a mi memoria concierne.
A mí, no sé por qué, me habían puesto “La Tetona” que me venía mucho menos bien que “Cuba” que era como me llamaban en el Taller de Grabado de Johnny Friedlaender, porque por aquel tiempo yo era muy delgado y más bien de pecho hundido.
“La Incalculable” era el apodo de otro amigo, por lo imprevisto de sus reacciones, y así con todos nosotros Néstor entretenía sus ocios y nos contaba de sus intentos por llegar a ser cameraman en Hollywood, donde lavó platos muchos meses sin llegar a nada, y de sus aventuras “niuyorquinas”, y de cómo había filmado el Año Nuevo en Times Square y Gente en la Playa en la Concha de Marianao.
También dedicaba muchos discursos a sus desavenencias con Alfredo Guevara, a quien a pesar de todo no dejaba de considerar una inteligencia privilegiada, y a la caza de brujas, de la que fue víctima cuando se destapo todo el brete de P.M. y la represión de los homosexuales. Recordaba también el tiempo que había trabajado en el periódico Hoy, órgano del PSP, y cómo su padre le había recomendado no hacerse miembro de ese partido a pasar de que en aquel entonces su razón le inclinaba a ello.
Me contó muchas veces, porque solía repetirse a menudo, su emocionante primer encuentro con su padre, cuando llegó al puerto de La Habana y estuvo haciendo la cuarentena profiláctica que las precavidas autoridades criollas imponían a los españoles que llegaban desde la entonces insalubre Europa. Ambos llegaron refugiados a Cuba con años de diferencia y por caminos diversos, y el encuentro tuvo por escenario la amable bahía de San Cristóbal de La Habana, bajo las antiguas fortificaciones coloniales y el más clemente trópico, para aquellos dos catalanes refugiados de los furores de la Guerra Civil española.
Eran sus recuerdos dulces y amargos a la vez, como cuando me contaba del hambre en Barcelona y del cine como escapatoria de la siniestra vida que llevaba siendo mozo. Néstor tenía una manera muy bella de contar su vida, y su amor por todo lo que La Habana significó en su vida parecía que le iba a acompañar el resto de su existencia. En La Habana encontró amigos, cultura y liviandad de humores, cosas preciosas para quien por tan duros trances había pasado recién llegado al mundo. Lo risueño del ámbito habanero fue un bálsamo de felicidad para él, y la simplicidad con la que se podía ser tal cual uno era por naturaleza y preferencias amorosas fue algo que nunca llegó a integrar completamente. Siempre le quedó el resabio, y el “complejo” de que ser homosexual era algo indebido y reprensible.
Su formación y la seriedad de su medio familiar de intelectuales de izquierda no le permitieron relajarse, o “aplatanarse” lo suficiente como para dejar atrás un atávico malestar y una misoginia incomprensible, sorprendente en alguien de su cultura e inteligencia.
En vez de referirse a una mujer por este bello vocablo castellano de romántico perfume arábigo, casi siempre prefería llamarlas “chivas”, apodo triste y peyorativo que desdecía de su talento natural. Por otra parte, cuando nos hablaba a sus amigos más cercanos, nos apostrofaba con un “mujer” o “hembra” un tanto destemplado, que a veces nos cogía de sorpresa.
Su gusto por las paradojas era notorio y sus opiniones, aunque sólidas, resultaban a menudo excesivamente singulares. Le encantaba distinguirse por ellas, por lo inesperado y original de sus puntos de vista, y ésto lo llevaba a veces a salirse de lo razonable y dar prueba de arbitrariedad.
En tales casos solía empecinarse, y se mostraba cabeciduro y hasta de mala fé. Sin embargo, Néstor tomaba muy filosóficamente sus previos fracasos y todo parecía indicar que su destino no iba a ser dorado por la caprichosa Fama, sin que esto lo amargase.
Era, eso sí, muy serio en su trabajo. Cuando de su trabajo se trataba todo lo demás perdía interés y su concentración podía llegar a ser obsesiva y voluntariosamente fanática. Se complacía en todo tipo de folklore, de cualquier cultura, y pasábamos tardes deliciosas escuchando corridos mejicanos o tangos, cantes por bulerías y guaguancós. Y comentando de literatura o teatro o cine, hasta la saciedad. Su tiempo libre no era para otra cosa que no fuera conversar con humor y hablar de amores.
Yo seguía yendo asiduamente a la Casa Cuba donde, gracias a las orientaciones que me daba Roberto García-York, ya me había puesto a pintar al óleo. Cierto día Roberto me dijo muy serio: “Ramón, eso que tú haces con tinta negra, si lo hicieses en colores, lo venderías mucho mejor”. Hacía referencia a las exquisitas puntasecas en las que yo trabajaba en el Taller Friedlaender.
Yo había tomado la costumbre de ir a grabar junto a Roberto los sábados y los domingos mientras él pintaba, para ayudarme con su disciplina de trabajo a vencer mi flaqueza y el poco ánimo que la soledad en la que vivía –en los cuartos de criados de las buhardillas– me daba para trabajar tan aislado. En el taller me animaba el grupo de europeos laboriosos y ambiciosos que se afanaban en aprender este duro y bello oficio del metal.
Los fines de semana mi juventud me inclinaba a la disipación o la lectura, o a la estudiosa frecuentación de las galerías del Louvre, en donde iba conociendo las maravillas de la pintura europea, los primitivos flamencos e italianos, el para mí enigmático Nicolas Poussin, la Pietà de Avignon, los toros alados asirios y el tropel de simulacros maravillosos que pueblan sus salas. Vivía absorto en esos misterios para mí sagrados, y si me atrevía a grabar era por miedo a abordar la pintura después de contemplar en el Louvre tales portentos que por fuerza me dejaban hundido en un abismo de modestia del que nadie, a no ser el descarado de Roberto, me hubiera podido sacar.
Aquello que me dijo sobre mis grabados me pareció tal vulgaridad que rechacé de plano su proposición. Pero semanas después, cuando me dio una telita de lino y me prestó unos pinceles y unos tubos de pintura, no pude resistir la tentación de esbozar una pinturita.
Era un promontorio sobre el que estaba edificada una construcción como un arco de triunfo, y abajo, entrando en el mismo promontorio, había una puerta cerrada por un color rojo. Todo esto frente a un mar y un cielo muy claros y tranquilos.
No me pareció terminado y lo dejé en el cuarto de Roberto diciéndole que el fin de semana siguiente volvería a retocar algunos detalles de los que no estaba totalmente satisfecho.
Cuando me abrió la puerta el sábado siguiente, Roberto hacía tales aspavientos que me dejó maravillado. Me explicó con mucha vehemencia lo que le acababa de suceder. El príncipe de La Tour de Auvergne, que él había tenido la buena suerte de conocer porque en el vuelo en que salió de Cuba iba sentado en el asiento al lado del suyo, y con el cual había logrado trabar, gracias a sus mañas, interesada amistad, lo había visitado, y al ver mi primer cuadrito esbozado le había dicho sin ambages que era lo mejor que Roberto había pintado en su vida, y no le había quedado más remedio que dárselo, no sin antes pintarle un huevo y ponerle sus iniciales.
Yo quedé más bien halagado por ésto, aunque comprendía muy bien la confusión de sentimientos que este hecho había provocado en Roberto. Comprendí también que Roberto tenía razón y que me tenía que poner a pintar sin más dilación.
Roberto tenía escondido algún sentimiento hacia mí y una vez que pernocté en su casa pude sentir con cierta aprehensión cómo su mano moldeaba mi cuerpo a unos centímetros de mi piel, siguiendo mis formas. Me seguí haciendo el dormido porque no me hubiera gustado transformar la amistad que por él sentía en la banal relación carnal de la que ya estaba harto a mis veintiún años, que fue la edad en la que lo conocí, teniendo él ya cuarenta. No había adulto que se me acercara que no fuera para eso. Así que durante unos minutos viví el suspenso de verme moldeado en vida y contemplado en alma por Roberto, sin que de esa adoración respetuosa hubiera osado pasar por respeto a mi persona, cosa que mucho le agradecí y que vuelta cariño devuelvo a su memoria, ahora que desde el más allá quizás me siga contemplando tal como entonces era.
No era igual, sin embargo, lo que me provocaba el mulato Alzugaray. Venía él armado de su candor y su mariguana, que recibía escondida entre dos postales dentro de un sobre que un compinche suyo, marine del Ejército americano establecido en Panamá, le mandaba. Alzugaray venía a entretener junto a nosotros sus ocios echándose a veces a dormir en un sofá-cama mientras nosotros laborabamos escuchando a Benny Moré y Olga Guillot, y bebiendo leche condensada con Coca Cola.
Trataba de distraernos lo mejor que podía y a veces lo lograba y a veces no. Un día se despertó de una de sus siestas sobresaltado y dijo a voz en cuello: “¡Coño, soñé que me estaba singando a una chiva!”.
Cierta vez que logró llevarnos por el mal camino con su fumeteo, la situación se tornó candente, porque en el devaneo cannábico me di cuenta de que si Alzugaray venía tanto al cuarto de Roberto era realmente por verme a mí. En esa iluminacion mariguanera, la cosa me pareció tan evidente que me sentí llevado de la mano por el maduro mulatón de irresistibles ojos color azul acero hacia el cuarto de baño en donde sentándose encima de la taza del inodoro se sacó lo que la naturaleza le había puesto entre los muslos, que era una verdadera gloria, tan grande, gorda y contorneada como refulgía en su exaltación, con gruesas venas que abultadas por la erección me recordaban a las columnas salomónicas que sostienen el baldaquino sobre el altar mayor de la basilica de San Pedro en el Vaticano.
Curioso es el atractivo que ejercen esos hombres un tanto groseros en la sensibilidad de las naturalezas que, proclives a apreciar los encantos del propio género y sexo, no se sienten tan atraidas por los que como ellas sensibles son, y finos de espíritu, y de suave temperamento resultan. Y más fácilmente ceden a los deseos bestiales de aquellos que más diferentes son de ellos, que a los delicados sentimientos de los que se les asemejan.
Ramón Alejandro
París




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