Penúltimos Días

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La balada del enemigo

March 20th, 2007 · 1 Comment

Crecí en un país que decía estar en guerra con otro. Y no con uno cualquiera, sino con el más grande y poderoso de la Tierra. La saga interminable entonces, la necesidad imperiosa de un enemigo visible, reconocible con pelos y señales. Desde mi infancia, la maquinaria de propaganda del gobierno, su Ministerio de la Verdad, trabajando a todo tren, elaborando el pelele en que centrar nuestro odio, justificar nuestros fracasos, achacados todos los males a la perfidia del enemigo: desde el desabasto crónico, la imposibilidad de encontrar nada, nunca, en las tiendas, hasta las plagas que arruinaban las últimas cosechas.
Vivíamos “bloqueados”, rodeados militarmente, según la versión oficial. Inmersos en la más enconada de las peleas. Una versión que nadie debía poner en entredicho porque nuestra supervivencia estaba en juego. Los descontentos, por otra parte, los desafectos o los traidores, aquellos que no compraban la verdad de aquel drama, los renuentes a comulgar con la historia oficial, eran obviamente unos vendidos: recibían su negra recompensa de las inagotables arcas enemigas. La célebre figurilla del jubón listado, barbita hirsuta y sombrero de copa constelado plasmada en todas las variantes posibles por el caricaturista estrella del país, las más odiosas representaciones escatológicas (moscas incluidas) que podamos imaginar. Un enemigo que merecía todo nuestro desprecio y todo nuestro odio.
Los Estados Unidos, el “imperialismo yanqui”, eran ese enemigo. No había niño que no lo supiera, abríamos los ojos en el fragor de una contienda que ya no nos abandonaba jamás, que coloreaba hasta el más temprano de nuestros recuerdos. Toda mi infancia bombardeado por imágenes de aldeas arrasadas (en Vietnam), de aquel otro atropello (contra los negros) o aquella otra invasión a aquel otro pobre país.

La televisión incorporada a ello, lógicamente. Pero era la radio, en aquellos años todavía sin programación televisiva de veinticuatro horas, el medio insignia en aquella “guerra de ondas”. La radio oficial, que no se cansaba de martillarnos con programas de “orientación política”, noticieros de actualidad internacional, boletines-relámpago sobre las más recientes maldades imperialistas y las más sonadas victorias del socialismo. Toda una epopeya en la que nosotros mismos tomábamos, ventajosamente, el papel de los más fieros contendientes. En la primera línea, se nos decía, a tan sólo noventa millas, vociferaba la radio, del enemigo público número uno no sólo de nuestro país sino de de todo el planeta.

Sin descanso.

Día y noche.

Pero la paradoja, a lo que voy, es algo en lo que no he dejado de pensar todos estos años: el fracaso rotundo de aquella campaña, su mayor descrédito. Que nunca en nuestros corazones instalada, ni en el corazón, puedo asegurarlo, de casi nadie en toda la isla, de ninguno de mis amigos, ciertamente, ni de uno de mis condiscípulos, jamás. Quizá alguno con una madre tiránica, condenado a ser el mejor alumno de la clase, aquel con las mejores calificaciones, el más “brillante” (y sin ninguna imaginación, por consiguiente).

Nosotros no, todo el país, me atrevo a afirmarlo, los enemigos más festivos que imaginarse pueda. Una masa insensata en la que aquella imagen del enemigo, tan cuidadosamente cultivada, tan esmeradamente regada y atendida, jamás echó raíces.

Aquel pelele horrible de la propaganda oficial vivía una existencia autónoma, aparte, desligada de la imagen vívida y jugosa de los Estados Unidos como el país de nuestros sueños, aquel de cuya vida y milagros vivíamos pendientes, devotamente entregados a una secreta admiración; cuya existencia ocupaba nuestra mente con escasas recámaras de compasión para los anamitas (que es también, habíamos aprendido, como en la antigüedad se llamó al país más grácil de la Tierra) o para la victoria (¡incuestionable!) de los rusos en la conquista de la espacio.

De las que no queríamos, sin embargo, escuchar hablar, de las que estábamos hartos, porque nunca conducían a otra cosa que no fuera propaganda y adoctrinamiento, y cuyas enseñanzas palidecían ante el glamour de América.

Aquella “batalla de ondas” fue la única guerra en la que participé, un enfrentamiento que tenía lugar en el éter, en el territorio mental de la imaginación. Allí era donde realmente contendían las huestes del Socialismo Real contra las del Imperialismo Rapaz, el polígono en donde se ponían a punto sus más efectivas armas.

Aunque es incorrecto decir que vivíamos pendientes de lo que hacía América; en realidad, vivíamos pendientes de lo que cantaba América: escuchábamos sus estaciones de radio noche y día, de manera clandestina y sin apartarnos del dial. Con el alma en vilo. De aquel lado, sin embargo, no nos interesaba la política, lo que tuvieran a bien decir sobre los fallos del socialismo, “la falta de democracia”, etc. Lo que no dejábamos un segundo de escuchar eran las estaciones que transmitían la música del momento, los hits del año, las canciones que por razones del mismo “embargo”, “bloqueo” o como quisiera llamarlo la radio oficial no incluían en sus programaciones, nunca. Un atraso de años en esa materia.

Y el alumno ejemplar que yo era entonces, en la mejor escuela del país (la “Eton cubana”, para que se entienda en Inglaterra) atento a todas las novedades musicales en la radio “enemiga” que, por la cercanía geográfica (aquellas mismas “noventas millas”), lográbamos captar fácilmente todo el día, y con mucha mejor recepción cuando cesaba la programación de la isla, las estaciones locales tocaban el himno nacional y se retiraban del aire, malhumoradas.

Que era cuando, simbólicamente, abandonábamos el deber del odio y nos entregábamos en pleno a los placeres del amor: todos aquellos programas en que afilábamos nuestro precario inglés, o lo poníamos a prueba.

(La complicada mise en secène: si en tu casa, al cuarto más retirado para evitar que algún vecino, no menos oidor que tú de aquella música, pero posible delator que por razones de cálculo e insidia política. O bien un padre temeroso de verse en dificultades antes sus compañeros del Partido. Si en la escuela, agrupados todos en torno a la única radio con baterías esa noche, entre guiños de complicidad y la erudita conferencia de algún lector de revistas extranjeras, conocedor de la vida y milagros del cantante de turno. Entre penumbras, el foco parpadeante en el dial).

Minados a profundidad por aquella música; quiero decir, incapaces de odiar al país que producía tanta canción maravillosa. No creo que el furor por
Billy Joel haya sido menos intenso entre mis amigos habaneros que en Manhattan. Se me dirá: un fervor universal. Está bien, ¿pero no se suponía que eran nuestros enemigos?
Por momentos, relajada la tensión, apaciguados los ánimos, la adoración llegaba a ser pública. Para nadie era un secreto que aquella era también la música bailable más divertida del planeta (después de la nuestra, claro está) y no había fiesta, ocasión oficial o no oficial en la que no sonaran alguno de los hits del año, desde
Saturday Night Fever hasta Of the wall. De modo que éramos los enemigos más festivos que pueda imaginarse, los que más pensábamos, con el corazón ardiente, en nuestros rivales. Y bailábamos, en la ciudad sitiada, la música que nos llegaba de allende las murallas, desde las tiendas del campamento enemigo.
Las mañanas en mi escuela, la susodicha Eton cubana, en que nos despertaban con
los suntuosos acordes de Barry White y su Amor ilimitado. Cabría imaginar: La Internacional cantada por un coro viril, o algún otro esforzado canto proletario. No: el placer de recibir al día con la música más “diversionista” que imaginarse pueda: todo Bee Gees, todo KC and The Sunshine Band, todo Earth, Wind and Fire brotando cada mañana de las bocinas de la emisora escolar.
Pero el ritual alcanzaba su punto máximo, las emociones del año se jerarquizaban, por así decirlo, en la escucha del
hit parade, el conteo regresivo de las canciones favoritas del año. Desde el mediodía del 31 de diciembre pegados a nuestros transistores que, cabe la aclaración, ensamblábamos allí mismo, en una de las fábricas adjuntas a nuestra escuela y donde cubríamos cortos turnos como obreros según la más moderna y elogiada metodología pedagógica, que incentivaba el trabajo manual de los alumnos. De modo que teníamos receptores de sobra para captar las llamadas de la “W tal y la “W” más cual, según las denominaciones de las estaciones del Sur de la Florida y del resto del territorio americano.
Todavía hoy puedo enlistar las canciones que ocuparon los primeros lugares a fines de los setenta, cuando era un adolescente ávido de toda aquella música al mismo tiempo que se suponía y se daba por sentado que sería un (futuro) Oficial de la Reserva, el esforzado combatiente que enfrentaría, en algún punto del mañana, a las huestes enemigas. El dulcísimo corno inglés de
If you leave me now, de Chicago, primer lugar de 1976, y que siempre me trae a la mente los años de mi adolescencia, el dolor con que miraba las aguas azules de la piscina en que nadaba la muchacha de la que estaba enamorado.
Repito, no es que no se atizara el odio, no es que no se nos explicara lo malo que era, por poner un ejemplo, el agente naranja o, el napalm, pero, ¡por Dios!, ¿qué relación podía tener aquello con
Electric Light Orchestra? Ninguna, por mucho que se la buscara.
Y esto, en el caso de que creyéramos de que el país tenía un enemigo. No lo creía, me costaba creerlo. Jamás elaboré un enemigo del enemigo de mi país. No creía, francamente, que tuviéramos alguno. Me resistía a pensar en esos términos. En cierto sentido, tal vez, eso me salvó de odiar jamás a nadie, de no fabricarme nunca un enemigo. Si los peores, los más odiosos, “nuestros enemigos”, ¡tan simpáticos!

A salvo de aquel odio, pero debieron pasar años y ahora puedo decirlo: lo más “hortera”, lo del peor gusto:
Barry Manilow, Donna Summer, Peter Frampton sus más alegres consumidores, sus fans incondicionales.
Ese fue efecto real de todas aquellas campañas, de todas aquellas Semanas del Odio: lo presentado como malo, cándidamente asumido por nosotros como bueno.

Hoy, muchos años después, ya no pienso así, ya no veo como “intrínsecamente buenos” a aquellos que me obligaban a ver como “intrínsecamente malos”. Pero ese efecto en mi juventud. Es curioso.

José Manuel Prieto
Nueva York

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  • 1 Anonymous // Oct 20, 2007 at 3:50 am

    Please don’t go aunque estes ahi afuera bloqueando, aunque Only you no entienda lo maravilloso que estamos haciendo aqui. Asi que hacemos las guardias ahi en el malecon, siempre atentos aunque solo veamos Smoking in the water porque la poca iluminacion no alcanza para mucho, pero para alegrar a estos combatientes de la espera nada mejor que Somebody to love. y que me dices de las escuelas al campo en los Strawberry field forever, alla en el escambray historico, mientras añorabamos el tv en blanco y negro con la trasmision en directo del juego donde le ganamos a ustedes, los yankees, y donde nos poniamos a gritar We are the champions. Que guerra tan sabrosa derrotada por That little thing called love. El odio nos hizo revolucionarios, la musica nos diversiono, al principio solo los pies, las caderas y hombros, pero indudablemente tambien la cabeza. Ahora solo recordar Yesterday

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