Penúltimos Días

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Adua, la pedagoga (2)

March 23rd, 2007 · 6 Comments

Ovidio dice: Tempus adamanta terit. Lo que quiere decir que el tiempo raya o mella hasta los diamantes.
Qué no habrá hecho el tiempo de aquel conglomerado de cubanitos recién escapados del huracán sobre el azúcar que el filósofo Jean Paul Sartre tanto celebrara a segura distancia, viendo los lances de toros desde las cómodas gradas.
Da a pensar que su bizquera óptica fuese también mental y que su supuesta y cacareada inteligencia estuviera tan fuera de foco que le hiciera concebir aquellos disparates de turista beodo sobre el lamentable desbarajuste en el que una verdadera epidemia de Don Quijotes sueltos y sin vacunar sumían a la Perla del Caribe, creyéndose en la más sublime de las legendarias gestas de caballería andante mientras desfondaban bares de putas y salas de juego como si las victrolas declamadoras de filosóficos boleros fueran gigantes y dragones y enanos encantados, enviados por el archienemigo brujo desde la Babel de Hierro y Babilonia Moderna del Norte Revuelto y Brutal que tanto nos despreciara.
Nosotros, los rústicos Sancho Panzas desplazados por el más elemental sentido común fuera del alcance de esa caterva de peligrosos locos, llegábamos hasta la misma ciudad desde donde, apertrechado en su estrabismo racional, Jean Paul y su Compañera Simone elogiaban, babeándose de beatitud revolucionaria, los prolegómenos del derrumbe económico durante el cual se hundieron en el fanguito primordial los esfuerzos de quinientos años por levantar cabeza de una nación tan joven como segura de su propio destino.
Tomás Marais ya se había mudado para otro cuarto, aliviando a Roberto de sus frecuentes impertinencias. Acosta León se había hundido para siempre en el Mar de los Sargazos. Gina y Joaquín Ferrer vivían como marido y mujer, y los hermanos Mustelier estudiaban seriamente y quizás no fueran tan jimaguas como yo había creído. Isolda y María Teresa se paseaban desnudas bajo sendos mantones de Manila por el Boulevard Saint Germain y venían a contar sus proezas nocturnas al sótano de la Casa Cuba, que también ofrecía cobijo a muchos otros náufragos que seguían llegando de la Isla atormentada por su revolución social. Hasta las hijitas de Gloria Herrera Zapata terminaron por llegar con el tiempo desde el lejano Pinar del Río.
Paco Castro estaba en un apartamento de la Rue Mabillon y más tarde me acogería, como había hecho Roberto, para que yo pudiera trabajar sin sufrir demasiado las malacrianzas y los accesos de cólera de Bernard Minoret.
El mulato Alzugaray terminó por importunarme con su baboso enamoramiento. Todavía estaba yo muy cerca de mis experiencias habaneras y algo ahíto del eros pandemio como para sentir nostalgias. Alzugaray no sabía seducir más que a pura mandarria y me llego a repugnar tanta vehemencia carnal. Soñaba yo con las ciudades-estado de Toscana y el Peloponeso, y leía La cultura del Renacimiento en Italia de Jacob Burkhart o Los pintores del Renacimiento de Berenson y me aprendía de memoria los versos de Lorenzo de Médicis. Una vez, al invitarme a cenar para tratar de vencer la indiferencia que yo había acabado por sentir por él a pesar de sus contundentes encantos y el raro color de sus ojos, Alzugaray cometió dos errores: el primero leve, tratando de hacerme repetir un plato de pollo a la vasca que me había parecido delicioso e insistiendo en que me comiera otro con tanto ahínco que me llegó a exasperar. Pero el segundo error fue la gota que hizo desbordar la copa de mi paciencia, y es que dándose cuenta de que estaba corto de temas de conversación que pudieran interesarme se le ocurrió el desatino de exclamar de golpe: “Coño, a todos los negros los deberían de matar”.
Perplejo quedé y preguntéle: “Alzugaray, ven acá compadre; ¿tú no eres mulato?”. Y entonces alzando mucho las cejas y con pose profesoral me disparó esta sandez:
“Es que entre un blanco y un mulato hay muy poca diferencia, mientras que entre un mulato y un negro hay muchísima…” Y se disponía a proseguir diciendo: “Mira, yo tengo un hermano que es negro…”, cuando yo, preso de santa ira, le empecé a decir tantos insultos que nos separamos para nunca más volvernos a ver.
Y es que la juventud es intolerante, y yo nunca pude sufrir el racismo. Además, como bien dice Juvenal hablando de Mesalina: Et lassata viris necdum satiata recesit… Lo cual quiere decir: “Se retira agotada por los hombres, pero no saciada de ellos…” Llega el momento que ni la misma Mesalina aguanta más jaleo por muchas ganas que le queden todavía en el fondo de sus tuétanos, y entonces se retira, como sigue diciendo el poeta, Foeda lupanaris tullit ad Pulvinar odorem, es decir, vuelve al Palatino llevándose el olor del bayú a las regias cámaras imperiales…
Esta bien por un rato sucumbir a los más bajos deseos. Luego, inevitablemente, llega el momento en que nuestra naturaleza nos lleva a quererlos sublimar por el estudio y las artes. Pero la carne es triste y al fin y al cabo uno nunca terminará de leerse todos los libros ni de disfrutar todas las pinturas y las músicas que encierra nuestro vasto mundo. Estaba yo en ese momento de las aspiraciones sublimes del recién llegado a Europa y no soportaba que este criollo me atrasara con su sensualidad desbordante y embrutecedora. Mi purismo de neófito me hacía considerar todo lo que no fuera la Antigüedad, el Románico y el Renacimiento como indigno de interés. Ni el Gótico encontraba clemencia conmigo, y mi asco por el Barroco era total. Curiosamente me encantaba Tàpies, a pesar de detestar la abstracción en general, y por supuesto, y sobre todo, el arte mesoamericano precolombino y los muralistas mexicanos. Que no por gusto mi madre había nacido en Progreso de Yucatán y la fotografía que yo prefería de ella era una en la que muy niña estaba vestida con un huipil junto a un coco tan grande que dejaba en duda si la niña hubiera sido enana o ese coco era descomunalmente grande.
Estaba tratando de forjarme un gusto propio y de afirmarme, y daba manotazos en mi impaciencia por madurar prematuramente, adoptando posiciones extremas y emitiendo juicios tajantes a troche y moche.
A leer iba muy a menudo a los cafés de Monparnasse, sobre todo al Select. Allí me sucedieron tantas cosas sabrosas y extrañas que si me pusiera a contarlas perdería el hilo y el tema de mi relación con Néstor desaparecería de mi mente por varios días. Vuelvo pues, prudentemente, a retomar el hilo y lo hago diciendo que Néstor empezó a abrirse camino como camarógrafo mintiendo hábilmente en una ocasión en la que el camarógrafo contratado para una filmación dejó plantado al realizador. Estando Néstor por ventura presente mintió diciendo que él tenía los papeles necesarios para ocuparse legalmente de ese trabajo no siendo esto verdad. Tuvo la suerte de que los franceses de la après guerre tuvieran una relación con el trabajo que mucho me recuerda a la de nuestro famoso negrito del batey para quien el trabajo era un enemigo. Nunca supe que Néstor atendiera a ningún Elegguá, pero tal parece que el Niño Travieso le abrió esa puerta por pura simpatía, y por ella el avezado catalán se encaramó en las cumbres de la fortuna y la gloria profesional. Su talento extraordinario hizo el resto.
Yo ya estaba viviendo con Bernard Minoret y disfrutando de sus relaciones y pasatiempos. Iba a la Opera y a la Comedie Française, participaba en cenas y almuerzos opíparos en casa de Mujeres de Ministros y Viscondesas y Rotschilds. Pintando a pesar de toda esa barahúnda y aprendiendo todo lo que podía de ese mundo raro.
Antes de que Néstor hiciera carrera, cuando me llamaba por teléfono a casa de Bernard, éste me pasaba la llamada, pero a medida que el nombre de Néstor comenzó a aparecer en los periódicos, Bernard comenzó a acaparar sus llamadas y Néstor terminó siendo más amigo de él que mío. Además a Néstor ya no le gustaba tanto ir conmigo a los cines árabes de Belleville a ver películas hindúes y prefería los salones de Bernard.
No quiso frecuentar más los cafés adonde yo lo llevaba a conocer el folklórico mundo de las criadas andaluzas y levantinas de grandes casas francesas de la Avenida Wagram, desde L’Étoile hasta la Place de Ternes con sus chulitos portugueses o argelinos.
Tenía miedo que quizás un día, por ejemplo, estando él filmando con François Truffaut, una de estas locas enjoyadas y excesivamente afeminadas lo fuera a saludar, “quemándolo” ante sus amigos intelectuales y sus relaciones profesionales.
Néstor fue cambiando a medida que su carrera se desarrollaba. Se volvió “importante”. Pero lo peor fue cuando me sucedió lo más inesperado que hubiera podido sucederme y de lo que el primer sorprendido fui yo mismo. De repente y sin previo aviso, dejé de vivir con Bernard y me puse a vivir con Catherine, una bella y seductora jovencita de 23 años. Néstor se sintió personalmente agredido. Se lo cogió todo para él. Que yo me enamorara de una “chiva” era algo que él no podía soportar.

Ramón Alejandro
París

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6 responses so far ↓

  • 1 Anonymous // Mar 24, 2007 at 2:45 am

    Memoria selectiva o alzheimers, cual sera, Mongo?

  • 2 Anonymous // Mar 24, 2007 at 6:37 pm

    Alzheimer selectivo! (elemental, Watson).

  • 3 Anonymous // Mar 24, 2007 at 7:37 pm

    Es siempre un gran placer leer lo que Ramón Alejandro tiene qué decir.
    Gracias por publicarlo!

  • 4 Anonymous // Mar 25, 2007 at 8:19 am

    Y ya vemos, que cuando de sexualidad se trata, todos somos convenientemente anonimos

  • 5 La Mano Poderosa // Mar 25, 2007 at 9:46 am

    Sexualidad? Si no fuera por mis padres no estuviera aqui.

  • 6 Anonymous // Apr 20, 2007 at 5:26 am

    Vuela tu ego mas alto que tus papalotes.

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