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Asuntos cubanos / Cuban matters

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Un ensayo de Mario Coyula

March 26th, 2007 · 5 Comments

Me ha llegado por correo electrónico un larguísimo texto de Mario Coyula titulado “El trinquenio amargo y la ciudad distópica. Autopsia de una utopía”. El email no trae más información, pero supongo que es la conferencia que dió Coyula como parte del ciclo de conferencias “La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión”, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios. Se trata de un buen ensayo, un poco jabonoso pero bien documentado, en la secuela de la llamada “guerrita de los emilios” o Pavongate. Tiene, eso sí, todos los tics de quien escribe en Cuba y prefiere, como él mismo confiesa, sacar cuentas a arriesgarse. Entresaco un fragmento, que ilustra el ambiente que se vivió hace algunos años en la Escuela de Arquitectura:

Los problemas en la práctica de la profesión también llegaron a la Escuela de Arquitectura, entonces única del país. Un personaje grotesco, con el sentido del humor aparentemente lobotomizado, se paseó por la CUJAE disfrazado con uniforme verdeolivo y Makarov al cinto que llevaba sin tener méritos insurreccionales. En pocos años acumuló un impresionante historial de extremismos ridículos, como montar una tienda de campaña en el centro de la CUJAE para quedarse a dormir en solidaridad con los movilizados a la agricultura. Implantó un enfoque tecnicista en la carrera, y eliminó o mutiló las asignaturas de contenido cultural, como Plástica y Fundamentos, sustituyéndolas por un engendro tercermundista que los alumnos llamaron en broma Subdesarrollo 1 y 2. Igualmente dispersó a los docentes culturosos hacia lugares inhóspitos para que pusieran los pies en la tierra, o sea, el fango; y dedicó su escaso tiempo libre a dar atención a alguna que otra joven apetecible con debilidades ideológicas. Sus abusos llevaron a que fuera públicamente rechazado por una mayoría absoluta durante una importante asamblea de trabajadores y docentes, en un acto de rebeldía masiva y pública poco usual.
Ese mismo hombre con vocación de cómitre había sido un látigo con los diferentes, clasificados como amanerados, extravagantes, apáticos, intelectualoides y creyentes religiosos, que eran emplazados públicamente en las asambleas de depuración bajo el principio de “la Universidad para los revolucionarios”. Allí se combinaban críticas despiadadas con autocríticas que tenían más de hara-kiri morboso que de ejercicio intelectual honesto. La suerte de los enjuiciados estaba por lo general ya decidida, y la presencia de público era una manera de comprometer al colectivo en el castigo: la expulsión. Ese clima aberrante fue alimentado con recelos, oportunismos y envidias, desatando la instintiva crueldad del ser humano sobre el miembro débil de la tribu.
Algunos se pusieron una máscara conformista, dejaron las medallas religiosas en casa, asistieron a las guardias y al trabajo voluntario, o virilizaron algunos gestos sospechosos, todo para no ser expulsados. Otros desviados rescatables recibían el beneficio de ser enviados a trabajar en la agricultura, como si cortarse el pelo, vestir de caqui gris y criar ampollas guataqueando en el campo los pudiera encauzar dentro del redil y cumplir los parámetros que se esperaban de un joven universitario. A los incorregibles, esa especie de material humano gastable que en todas las épocas ha servido como chivo expiatorio, los esperaba la Solución Final de ser privados del derecho a estudiar una carrera. Con el miedo, apareció la doble moral, que se extendió a emplazados y emplazadores.
Es posible que algunos de los impulsores de esa política estuvieran convencidos de que los sacrificios de unos cuantos beneficiarían a toda la sociedad y hasta a las propias víctimas. En definitiva, también los heterosexuales ateos y revolucionarios fuimos víctimas colaterales de aquellos pogroms, porque nos hicieron peores personas. Yo estuve allí, y no me levanté para oponerme. Igual que otros compañeros, pesé los pros y los contras frente al gran proyecto social al que estaba dedicando la vida, saqué balance y callé.
Como cualquier otra obra humana, una revolución está sujeta a errores, pero cuando se violan principios éticos y morales que no dependen de coyunturas políticas, los errores se convierten en abusos. Profesar creencias religiosas, mantener relaciones con familiares en el extranjero o tener preferencias homosexuales fueron definidos entonces como problemas de principios, igual que haber votado en las elecciones de 1958. Con el tiempo, algunos de los excluidos fueron re-admitidos, aunque otros se perdieron por el camino. Los criterios clasificatorios para excluirlos cambiaron, lo que deja claro que nunca fueron principios, porque los principios no cambian.
Confirmando la frase de Lenin sobre los extremistas, el lamentable inquisidor de la CUJAE cambió su uniforme prestado por una bata blanca, y es ahora gurú de una secta propia, donde se dedica a escarbar en pasadas reencarnaciones mientras cura a sus fieles con agua bendita. Quizás haya encontrado finalmente la paz consigo mismo. Pero el recelo con los imprevisibles arquitectos no desapareció cuando este personaje salió del mapa. Más tarde, Arquitectura fue englobada dentro de una Facultad de Construcciones en la CUJAE. Aunque después volvió a ser Facultad aparte, las otras tres Escuelas que actualmente existen en el país siguen todavía con ese régimen, mientras que en otros países Arquitectura tiene incluso rango de Instituto Superior independiente, como el más joven Instituto Superior de Diseño Industrial.

Temas: arquitectura cubana · Pavongate

5 responses so far ↓

  • 1 mauriciobaroja // Mar 27, 2007 at 12:15 am

    El Trinquenio Amargo
    y la ciudad distópica:
    autopsia de una utopía*
    * Conferencia leída por su autor, el 19 de marzo del 2007, en el Instituto Superior de
    Arte (La Habana), como parte del ciclo «La política cultural de la Revolución: memoria
    y reflexión», organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios.
    Mario Coyula

  • 2 Jose Antonio // Mar 27, 2007 at 2:14 am

    Vienen a mi mente los amargos recuerdos de cuando “los Barbaros cruzaron el Rubicon, digo, el Almendares”.
    Ha habido evolucion en algunos conceptos. Si bien entonces el privilegio de acceso a la cultura lo negaba el tener familiares en Miami, llevar una medalla el cuello, o simplemente un amaneramiento de gestos, hoy Mirtica los puede visitar y vestir de la Yuma, ser mujer de ministro, vivir en el Vedado, quizas ser santera y dirigir pogroms. Todo bajo el paraguas, de lo que no ha cambiado, la doble o multiple moral.
    Vivo solo con la esperanza que los que fueron responsables de “se cometieron algunos errores”, los asuman con nombres y de cara al mundo.
    Cobardes, el experimento ha conducido a la degeneracion moral de un pueblo.

  • 3 Jose Antonio // Mar 27, 2007 at 2:28 am

    Recuerdo, que ante tanto circo de espanto, los hungaros y rumanos en Cuba, atendiendo “Filologia” me decian, ?Como es posible que comentan los mismos errores que cometimos nosotros hace 30 anos?. Estan locos, alli perdimos una generacion completa, para luego arrepentirnos de esto, y tratar de recuperarla. No supe nunca si “la recuperaron”
    Lo que si entonces pense en la similitud de metodos entre la Iglesia medieval y el Comunismo para para tratar “los marginados”. Cabria un estudio sobre si una educacion religiosa vergonzante en el lider, determino el metodo para la creacion de esta utopia del hombre nuevo…para mi, es innegable su influencia

  • 4 Ernesto // Mar 27, 2007 at 9:59 am

    Hola José Antonio. Creo que ese estudio ya está escrito: François Furet, El pasado de una ilusión. Gran libro.

  • 5 Jose Antonio // Mar 27, 2007 at 8:48 pm

    Gracias Ernesto, tomo nota. Lo buscare.

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