Unos años más, y la influencia soviética se hubiera radicalizado en ciertos aspectos del inconsciente insular, los vulnerables, los que se dejaban teñir sutilmente de idiosincrasia imperial. Cierto era que el alma eslava compartía muchas afinidades con nuestros ademanes resueltos, si las comparábamos, por ejemplo, con las anglosajonas: familiaridad, propensión a la fabulación, credulidad civil, animismo festivo. Lo soviético, forzado desde la cúpula administrativa, rechazado por naturaleza entre la ciudadanía (el injerto estepario que no lograba asimilar la savia de la templanza) al provenir de un universo tan lejano como intraducible, tuvo entonces que buscar conexiones aleves.
Los filmes y programas televisivos, si bien eran objeto de ridículo en la masa, iban dejando matices y patrones en las mentes infantiles (los dibujos animados, sobre todo), en las de los jóvenes que aspiraban a sumarse (“integrarse”) al sistema (los manuales, las series educativas, la retórica del folleto y del manual) y en las de quienes buscaban el brillo revisteril como consuelo a la desnudez de sus paredes y libretas de clase. Quizás el remanente más aprovechable (que no provechoso) haya sido la avalancha de nombres, a los que nuestros oídos parecen haberse acostumbrado ya: Vladimir, Yuri, Aliosha. Cabe extrañarse de que el idioma ruso nos haya dejado tan pocos préstamos lexicales y tantas formas patronínimas, contando los derivativos y las imitaciones fonéticas que a muchos cubanos identifican.
El gobierno de Castro siempre ha alardeado de rectificar sus errores, pero nunca ha castigado a los culpables (o por lo menos, al gran culpable). Las meteduras de pata, algunas proverbiales, las ha pretendido borrar sin siquiera mencionarlas. Que el olvido se encargue de ellas; las reescrituras, la magnificación de alguna parte del Todo. Cuando decidieron promocionar al idioma ruso como segunda lengua del socialismo tropical, no tomaron en cuenta su utilidad comunicativa sino su simbolismo. Constituyó uno de los tantos gestos gratuitos, que en calidad de subalterno se anotaba el virrey barbado. En vista de que el inglés no parecía disminuir su influencia entre las nuevas generaciones, el frustrado aprendiz decidió hacerle competencia. (Es notorio que un abogado republicano, en un entorno tan propicio como el de sus años universitarios y de práctica profesional, no hubiese pasado de la torpe basic conversation. El hecho de que un estadista que dice saberlo todo no pueda sostener un diálogo elemental en el idioma de su omnisciente enemigo nos informa de su verdadero intelecto).
El entusiasmo por el idioma de Pushkin, impuesto por las circunstacias efervescentes, llegó incluso a la radio nacional, con sus clases sistemáticas y los concursos espectaculares que incluían viaje al territorio de donde procedían tales gorjeos. Las escuelas preparatorias, que entrenaban a los universitarios que harían carrera en la lejana taigá, se ocupaban de suministrar la mayor cantidad posible de cirílico, como inicial salvavidas, con la confianza puesta en que la práctica y la necesidad se ocuparían del resto.
El ruso, cuya riqueza lexical y sonora no es demasiado perceptible para el hablante latino, fue introducido en los programas de enseñanza secundaria en alternancia con el inglés. Fue una arbitrariedad mayúscula, por la que pagaron consecuencias los propios estudiantes. Verbigracia: si cambiaban de escuela y les tocaba el otro idioma, tenían que comenzar de cero; al llegar a la universidad, que no incluía la lengua camaraderil en sus programas, debían aprender en un mes lo que no habían aprendido en seis años. Pero la consecuencia mayor fue su inutilidad final, cuando se hundió para siempre el acorazado moscovita.
Destino funesto el de aquellos profesores, que casi al borde del retiro tuvieron que cambiar de diploma y hacerse discípulos del sistema que alguna vez sus amistades les reprocharon no haber adoptado de entrada. O de los que, sin instrumental ni vocación, tuvieron que escoger la enseñanza de la literatura, por resultarles menos fatigosa como materia a impartir en el declive de sus vidas profesionales. Sus historias forman parte del absurdo castrista, que prosigue imperturbable, reescribiéndose para sobrevivir.
Manuel Sosa
Atlanta
6 responses so far ↓
1 analista // Sep 26, 2007 at 4:28 pm
Con todo el respeto de Sosa, el alfabeto ruso consta de 33 letras. En el título ha puesto letras que si bien son del alfabeto kirílico antiguo no son del ruso.
Con respecto a la inutilidad del ruso, sí, para los que se han ido para los EEUU hubiera sido mejor que hubiran aprendido inglés, pero para aquellos que emigraron a Europa pueden utilizarlo en firmas que tengan negocios con Rusia, cuya economía mejora cada día. Yo lamento haber olvidado el ruso que aprendí en la Lincoln del 81 al 83 al no volverlo a utilizar más.
Con respecto al “oído”, no “oyen” los latinos el inglés ( ver “Das neue Gehirn, de Johannes Holler), por la frecuencia en que se transmiten los sonidos anglo-sajones.
La literatura rusa Pushkin, Dostoiewsky, Gogol, Tolstoi, Chéjov, Gorki, Sholojov, Assimov, Turgeniev, etc. es de una potencia extraordinaria. Tenemos algo que ofrecer en contraposición? Así que no nos vino nada mal el haberla introducido.
2 Manuel Sosa // Sep 26, 2007 at 5:09 pm
La sonoridad del ruso me deleita, aunque no lo entienda.
No tengo nada contra el ruso, ni contra su literatura, que leo desde niño.
Aquí trato de hacer un breve recuento de su fracaso como acechante lengua imperialista, machacada en nuestro sistema de educación y en los medios de difusión.
Fui profesor de Fonética Inglesa, en la universidad, y me tocó lidiar con grupos de exprofesores de ruso, convertidos a la fuerza al nuevo orden. Todos pasaban de los 35 años, algunos ya estaban por los 50. No lograban aprender, pero la política era de reciclarlos. De aprobarlos. Tuve que cargar con aquellos grupos por bastante tiempo: frustración de ambas partes, gracias a los caprichos y embullos de nuestro sistema de enseñanza.
3 Manuel Sosa // Sep 26, 2007 at 5:11 pm
Y Asimov es un escritor norteamericano.
4 analista // Sep 26, 2007 at 5:27 pm
Isaac Asimov, (2 de enero de 1920 – 6 de abril de 1992) fue un escritor y bioquímico estadounidense nacido en Rusia, exitoso y excepcionalmente prolífico autor de obras de ciencia ficción y divulgación científica.
5 Manuel Sosa // Sep 26, 2007 at 5:32 pm
O sea, un escritor norteamericano, que escribió en inglés.
6 analista // Sep 26, 2007 at 6:05 pm
Bueno, nosotros decimos uqe Carpentier es un escritor cubano….
Paz, OK lo saco de la lista. :-)
(aunque me encanta lo que escribió)
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