A mediado de los años noventa escuché, allá en La Habana, una de esas ocurrencias que sólo son graciosas entre científicos. La soltó un amigo mientras estábamos sentados en el lobby del piso 3-B del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología. Minutos antes habíamos compartido las últimas noticias sobre la forma en que las células de nuestro organismo manejan la información, y las implicaciones que esto podría tener para comprender y curar el cáncer. El interés de la conversación se dirigía, fundamentalmente, a unos artilugios moleculares llamados “Proteínas G”.
Este es el cuento.
Las células se comunican entre ellas -y con su entorno- a través de una miríada de señales llamadas hormonas, neurotransmisores, endorfinas, factores de crecimiento y otros etcéteras. Estas señales, conocidas como “primeros mensajeros”, viajan la distancia requerida hasta encontrar sus células diana, o sea, aquellas que tienen un receptor capaz de unirse a ese mensajero. Una vez ocurrida esa unión, en el interior de la célula se activa la producción de un “segundo mensajero” que es el encargado, a su vez, de pasar la señal -de forma amplificada- hacia el medio intracelular. Todos estos “primeros” y “segundos” mensajeros están sujetos a una red de mecanismos que garantizan, de forma activa y constante, el tiempo óptimo de activación. Una hormona, por ejemplo, es degradada a gran velocidad, y cuando su concentración aumenta demasiado, la glándula que la produce detiene su producción. Algo parecido sucede, también, con los receptores y con los “segundos mensajeros”.
A estos mecanismos primarios de regulación se superponen otros con una capacidad de respuesta mucho más fina. Ahí entran en el juego las famosas Proteínas G, las cuales deben su nombre al hecho de ser capaces de unirse a una molécula llamada GTP, que es como una batería de linterna, o sea, una de las formas que los organismos vivos utilizan para almacenar y transportar su energía. Una Proteína G se parece mucho a un interruptor que está bajo el control de un cronómetro. La cosa funciona más o menos así: el primer mensajero se une al receptor, este le pasa la señal a la Proteína G, la cual agarra un GTP y empieza a descargar la energía que este tiene. Mientras dure esa descarga, la Proteína G estará enviando la orden de síntesis del segundo mensajero y, en cuanto esta termina, la transmisión se detiene.
La belleza de esa forma de regulación radica en el hecho de que la vida media del mensaje no sólo queda bajo un control mucho más adecuado, sino que es, al mismo tiempo, independiente de la presencia del mensajero.
Y era eso lo que conversábamos sentados en el lobby de aquel piso 3-B. La importancia de unas pequeñas Proteínas G que están diseminadas a todo lo largo y ancho de la arquitectura celular y que regulan, a través de ciclos de carga y descarga del GTP, el tráfico de información dentro de las células y, por tanto, la coherencia de casi todos los procesos esenciales para la vida. Una de ellas, llamada RAS, empezaba a ser reconocida como un poderoso factor oncogénico. Muchas variantes mutadas de esta proteína son capaces de unir el GTP pero carecen de capacidad para descargarlo. El resultado de esto es una transmisión constante de la señal, o lo que se conoce en el argot biológico como una “activación constitutiva”. Y era precisamente eso lo que nos tenía tan entusiasmados. El hecho de aprender a mirar al cáncer desde la perspectiva de la información. Muchos mensajes -empezamos a pensar- para conservar su capacidad codificante, tienen que llevar consigo al menos dos señales, una es la de la propia información que codifican, la otra es la del tiempo de duración o, si se quiere, la vida media de esa información.
Los ejemplos y las intuiciones empezaron a salir en ráfagas: el aldabonazo suena en la puerta y decimos ¡Va!. Vuelve a sonar y pensamos en una visita impertinente; sigue haciéndolo y le echamos la culpa a los niños del barrio. El sonido repite y repite, más allá de un tiempo prudencial, y pasa de ser llamada a convertirse en el “ruido ese”, una molestia que en algún momento, si persiste, dejaremos de escuchar. El mensaje perdió, a fuerza de insistencia, su capacidad codificante. Lo mismo sucede con el cuento del pastorcillo y el lobo que viene, o cuando decidimos vivir en las márgenes de los ríos Almendares o Quibú. La peste constante deja de serlo, y esa verdad de Goebbels es una mentira que dejó de apestar.
Visto desde el punto de vista cibernético, el cáncer deja de ser una enfermedad compleja, en realidad, es casi una orgía de simplicidad. Complejo es el funcionamiento de una célula normal, como lo es el tráfico de una ciudad cuando los semáforos son una coreografía de luces coordinadas y no un absurdo de colores que se repiten al mismo tiempo. Pongamos dos verdes en la intersección de dos avenidas principales y miremos a ver qué pasa. Sólo así podría explicarse que una proteína tan pequeña como RAS, insignificante, perdida en la inmensidad del citoplasma, se active constitutivamente y sea capaz de formar una debacle tan…
En eso andábamos cuando se empezaron a ver los signos premonitorios de “la visita”. Los dirigentes de la juventud y el partido pasaban apurados por los pasillos. Vimos caras de éxtasis y extraños en guayabera. Escuchamos unos aplausos lejanos… y tuvimos que ir a “recibir”, una vez más, a Castro Ruz I. Antes de salir uno de los presentes soltó la ocurrencia:
–Llegó RAS.
Hace unos días, casi tres lustros después de haber escuchado aquel chiste, volví a recordarlo cuando vi al rey de España inclinarse hacia delante y decirle a Hugo Chávez: “¡¿Por qué no te callas?!”
César Reynel Aguilera
Montreal
Imagen: estructura 3D del RAS humano.




5 responses so far ↓
1 leo // Dec 3, 2007 at 12:02 pm
Muy bueno César!
No hay duda del factor Castro en la aparición y metástasis del cáncer “falta de libertad” en la isla. Y Chavez está llenando de tumores a Venezuela.
Pero la ciencia avanza y ya tenemos cura, la juventud que lideró el NO en el referendo.
No se te ocurre un nombre para ellos desde el punto vista biotecnológico?
Cuanta falta nos hace la misma cura en Cuba!
2 Woland // Dec 3, 2007 at 2:21 pm
¡Hola, César!
Muy buena la conexión entre cáncer… y cáncer. Por cierto, ahora recuerdo la pregunta que le lanzaron por aquellos años a un experto en Botánica del otro lado de ese mismo piso: “Entonces, en las plantas… ¿no hay cánceres?!” A lo cual éste respondió, al instante: “No, no tienen. Bueno… ¡si descontamos al Ministerio de Agricultura!”
3 César Reynel Aguilera // Dec 3, 2007 at 3:21 pm
Woland,
Hay otro chiste de la misma época que dejé fuera del texto por razones de espacio. Resulta que la toxina del cólera actúa modificando una Proteína G que está en las células intestinales. Esa modificación -llamada ADP-ribosilación- provoca la “activación constitutiva” de esa Proteína G, de forma tal que esas células pierden la capacidad de regular el flujo de sales y el paciente se va en deposiciones líquidas que recuerdan al Quibú o al Almendares. El caso es que estaba yo en laboratorio de la vacuna contra el cólera, allá en el CNIC, y Castro Ruz I soltaba uno de sus discursos con todas las emisoras de radio en cadena. Un investigador intentó durante un rato encontrar música y de eso nada. Al final desistió, y antes de apagar el radio dijo: “Coño, este tipo está ADP-ribosilado”.
4 César Reynel Aguilera // Dec 3, 2007 at 4:44 pm
Leo,
En biología molecular también existen los “Genes Supresores de Tumores”. El más famoso de ellos se llama p53. Así podríamos decirle a esos jóvenes venezolanos que le pusieron el pecho a la ola Chavista. Generación p53.
Te saluda
C.
5 El bello indiferente // Dec 6, 2007 at 6:06 am
Cuanta comemierderia.
Te lo juro.
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