La negación relativista y postmoderna del progreso es una de las actitudes más raras de los “progresistas” de hoy. Para estas personas, cualquier referencia a niveles de desarrollo más altos o más bajos, a complejidades mayores o menores, o a estadíos precedentes y ulteriores, resulta ser la sospechosa antesala de la discriminación, una posible coartada para el avasallamiento o una forma de indiferencia y resignada aceptación ante las extinciones ecológicas que muchos deploramos, pero que ellos sufren con una tristeza, se diría, casi íntima.
En su afán por defender una idea de la bondad que va más allá de la comprensión del mundo, estas personas se refieren al progreso como una noción de la realidad impuesta por los intereses del que la define. De esa forma llegan a equiparar, ante los ojos de Darwin y Dios, a una bacteria con un poeta, una tribu de antropófagos con la España de la Inquisición, y un régimen totalitario de corta existencia con una democracia de trescientos años.
Esa actitud alcanza niveles demenciales cuando muchos de estos “progresistas” -a pesar de sus sospechas contra el progreso- son capaces de deshacerse en loas sobre los “logros”, “avances” ¡y “progresos”! de la revolución castrista en la educación, el deporte, la cultura y demás etcéteras.
A los cubanos, que salimos huyendo de semejantes bondades, nos resulta imposible -y en ocasiones doloroso-, convencer a esos “progres” del carácter profundamente involucionario del castrismo. Siempre que lo intentamos terminamos empantanados en la ausencia de una definición común sobre el significado de esa palabra.
Para la progresía moderna, sin embargo, resulta fácil definir ese concepto: progreso es todo aquello que desate las endorfinas del placer altruista. Si una idea parece tan bondadosa que alcanza a estimular los centros subcorticales del babeo moral, lo más probable es que termine siendo aceptada como una idea a favor de la mejoría del mundo; poco importa si a mediano o largo plazo termina generando cataclismos inimaginables.
Carlos Marx lo dijo en su momento: la religión es el opio de los pueblos. Yo me atrevo a insinuar algo más actual: el mito del progreso es la heroína de los intelectuales postmodernos.
César Reynel Aguilera
Montreal




4 responses so far ↓
1 Jose Antonio // Dec 22, 2007 at 4:40 pm
Magnifico. Cuanto me gustaria leer este articulo en Ingles y en el New York Times. Mentalmente lo traduzco, e imagino al publico del Poder, leyendolo.
Ya habia leido una critica a Al Gore en el ABC en referencia a “planes escolares” incluyendo su “labor” para estudio en su curriculum. El colmo.
Santo Subito, que gran definicion para canonizar a un desempleado. Es el levantate y anda de la Izquierda hundida en el marasmo moral del Vigesimo.
Pero, y donde esta la Derecha? la pragmatica, no la mojigata, ademas de William Buckley?
2 Isis // Dec 22, 2007 at 8:33 pm
Y ahora la nueva religión es la del “global warming”, y su gran santón, Al Gore.
3 Isis // Dec 22, 2007 at 9:15 pm
Lo que siempre ha distinguido a la izquierda es su odio al progreso. Se ha apropiado de la palabra, en la típica y contumaz operación de inversión en la que excelen.
La izquierda, por esencia, es hostil a la lógica de la civilización.
Desde luego, generalizo cuando digo “izquierda”.
Izquierda o “izquierda”, no obstante, vendrían a ser lo mismo desde el punto de vista en que una de sus características es la capacidad de vivir en la contradicción respecto de sus principios. Uno de ellos es el del “progreso”.
La palabra de orden es “progresista”, pero lo único que consiguen es exactamente lo opuesto.
4 César Reynel Aguilera // Dec 23, 2007 at 8:16 pm
José Antonio,
Muchas gracias. Mi esposa promete traducir mis artículos y nunca lo hace, deja ver si con este, que es corto, se embulla.
Isis,
Muy de acuerdo contigo. La gente que de verdad se ocupa del progreso casi nunca habla de él, y mucho menos se atreven a usarlo como bandera. Ese es el espacio que aprovechan los adictos al “buenismo” para colonizar un concepto que casi nunca pueden explicar a cabalidad.
Les saluda
César
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