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Dresden

February 16th, 2008 · 5 Comments

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No era la primera vez que visitaba Dresden. Una vez fui a ver un programa del coreógrafo William Forsythe, pero regresé al día siguiente a Munich. Luego, tras el bicentenario de la batalla de Jena en 2006, mi grupo napoleónico emprendió un peregrinaje a Sajonia para rememorar la campaña de 1813, en la que Napoléon ganó la batalla de Dresden –su última gran victoria–, pero después perdió en la llamada “Batalla de las Naciones”, en la vecina Leipzig. Entonces se trató de una estancia de pocas horas, concentradas en la “Napoleonstein”, la Piedra de Napoleón, frente a la Frauenkirche, el templo del protestantismo alemán, que sólo pudo comenzar a reconstruirse en 1994, por aquello de la “religión es el opio de los pueblos”. La Piedra de Napoléon es desde donde dicen que el emperador observó la batalla.
Esta vez dediqué más tiempo a la ciudad. La colección de pinturas del Zwinger (emblema de la arquitectura barroca) es importantísima, presidida por la Madonna Sixtina de Rafael, amén de la Venus dormida de Giorgione, y Van Eyck, Pinturicchio, Cranach el Viejo, Dürer, Vermeer, Rubens, Rembrandt, Tintoretto, Poussin, Lorrain…
Ya en el segundo tren, de Leipzig a Dresden, comienzo a reconocer a los sajones por sus narices respingadas y un color de cabellos más amarillo que el de otras “tribus” germánicas (no sé por qué le pongo comillas, si todavía ellos se refieren a “estos suabos”, “estos francos”, o “estos sajones”). Pero lo fundamental no es la fisonomía, sino que irremediablemente, sin que uno acierte a explicar por qué, se sabe que son “Ossis” a primera vista, o sea, gente de la otrora República Democrática Alemana. Es una marca invisible.
Apenas llego al hotel, un anuncio recuerda que el próximo 13 de febrero es el aniversario de la “Zerstörung” (destrucción) de Dresden por los bombardeos aliados en 1945. Cada vez que me enfrento a ello, en cualquier lugar de Alemania y no sólo en Dresden, arrasada, se me humedecen los ojos. Sí, sé que es la guerra y había que ganarla. Mi “simpatía” creo es natural, habida cuenta que vivo en Alemania. Lo que me molesta es, sin embargo, de otra índole. La tristeza de saber que casi todo ha sido reconstruido, esa falta la veracidad de la piedra, que es la única prueba del pasado de los hombres. Es como un inmenso Disneyland.
En la Ópera Semper (siglo XIX), uno de los teatros más bellos del mundo, me obnubilo con tanta perfección… de lejos. Me acerco a tocar los estucos, a observar los dorados. Demasiado nuevo, casi impecable. Como la reconstrucción de la conocida acústica, que magnifica el sonido de una de las mejores orquestas del mundo, la Staatskapelle de Dresden. Fuera de la Ópera de Viena, no había oído antes a un Chaikovski tan prístino, con la excepción del pathos ruso pero es otra historia. La producción de La bella durmiente del bosque por el Ballet de Dresden es una glorificación del espíritu de la ciudad, una “auto-propaganda” exquisita, pues se inspira en el castillo Albrechtberg.
Dresden, llamada la “Florencia del Elba”, fue uno de los grandes centros de la cultura europea, inspirándose, natürlich, Augusto el Fuerte en el modelo solar de Luis XIV. Augusto II continuó al padre. El resultado: una de las cumbres del arte arquitectónico y decorativo de Occidente. Lo constanto en la Grünes Gewölbe, la Bóveda verde, colección de joyas y objetos de arte. Es tanto el lujo y la búsqueda de Dios por medio de la belleza que comprendo lo mismo que en la Galería de los espejos de Versailles: he aquí la causa de la Revolución. Como si me hubiese leído el pensamiento, o acaso porque pensó lo mismo, un alemán a mi lado mientras contemplábamos el famoso juego dorado de café de Augusto, me lo dice, estimulado sin duda por mi sonrisa de desconcierto: “Después de esto, sólo podía venir la Revolución”.

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Aprendo otra cosa: los alemanes, especialmente esos joyeros sajones augustianos, se le fueron por encima a los franceses, pero no en la marquetería ni en la cocina, sino en la capacidad para entender al lujo, en la habilidad imaginativa, en la precisión minuciosa, en el despliegue de una estética visual. Ya Talleyrand se refería a la existencia de dos lujos, uno francés y otro alemán. Y comprendo en este momento otra cosa: que los aliados hayan querido arrasar con Dresden no fue casual, pues se trataba de un espíritu alemán, el más importante, el que plasma un paradigma estético.
Me molesto un poco en el museo con las reminiscencias de la burocracia comunista. Compro –pues no se alquila- una audio-guía por tres euros, pero salgo para llamar por teléfono y la tengo que entregar. Advierto que regreso, que me la devuelvan. Imposible, debería comprarla de nuevo. Los dejo por incorregibles. Después de todo, me digo condescendiente, soy cubana, los entiendo.
A mi salida definitiva del museo ya es de noche y la magia de Dresden se ha desvanecido: está escasamente iluminada, casi triste, como cualquier ciudad de Alemania del Este. Sí, hay cafés y restaurantes, pero todavía pocos en comparación con otros sitios. Dresden resume la grandeza y la miseria de Europa: del lumbre absolutista de los Augustos al nazismo y al comunismo.
Aun si ya sabía que atravesar la campiña este-alemana es recorrer un mundo en ruinas, esta vez el tren de Dresden hasta Nuremberg es regional: la Sajonia profunda continúa devastada: construcciones, fábricas, casas abandonadas, sucias, con los cristales rotos, apenas un signo de vida, de que algo florece. En ningún viaje anterior en tren había visto tanta desolación. Pero no me entristece tanto como los bombardeos de la Segunda Guerra mundial porque que ese fue el “socialismo real”. Me duermo y cuando abro los ojos veo la típica limpieza germánica, edificios, gente trabajando, la obsesión con el “Ordnung”. “Ay, qué rico, me digo, ¡al fin llegó el capitalismo!”. Despierto por completo: he llegado a Baviera, cerca de Bayreuth. Que Dios bendiga la ocupación norteamericana.
He comprado unos dulces del lugar. El envoltorio es basto, pese a la fama barroca de las golosinas. Traté de elegir la cajita más correcta, de apariencia más nítida. Vieron que yo portaba una cartera grande y no me entregaron la compra en una bolsa. La pedí, me dieron una infame de nylon blanco y volví a insistir en que yo quería una “bonita”. La fueron a buscar adónde las tenían “escondidas”: la mentalidad no ha cambiado. Cuando llego a la casa y me dispongo a abrir la cajita, pese al cuidado de mi elección la chatura y lo rudimentario de su disposición me vencen. Tanta sapiencia y refinamiento mostrado en la Grünes Gewölbe para que los descendientes de esos artesanos sin par no sepan ahora hacer una simple cajita de cartón.

Isis Wirth
Munich

Fotos: Stuck in Custom, en Flickr.

Temas: Crónicas de viaje · Sábados en PD · Isis Wirth

5 responses so far ↓

  • 1 Fantomas // Feb 16, 2008 at 8:41 pm

    Bella ciudad ..Estuve ahi algunas horas en el 1999

  • 2 sergio // Feb 17, 2008 at 12:24 am

    Dresden fué completamente destruida el 13 y 14 de febrero de 1945. Decenas de miles, cientos de miles de personas, de civiles fuero masacrados adrede. Era lo que se buscaba. La gente se quemaba y en su desesperación se tiraban al rio. Me lo contó una muchacha alemana una vez. Para ganar la guerra no había necesidad de eso, pero lo hicieron a sabiendas de que, de ganarla, nadie los sentaría en el banquillo de los acusados. Era una ciudad que se encontraba llena de refugiados que huían de las otras ciudades, pensaban que Dresden era segura porque era una ciudad de arte, museos, iglesias y no era estrtégica ni estaba armada. Pero bueno, así pasó. Y no, no tiene justificación, no importa lo que se diga ahora.

  • 3 Woland // Feb 18, 2008 at 8:12 pm

    Gracias por ayudarme a recordar Dresden, Isis… Efectivamente, la destrucción de Elbflorenz fue uno de los más sonados crímenes de guerra de los aliados. (Aunque quizás no de los peores). Fue ejecutada con alevosía (la 1ra noche hubo un primer bombardeo en pequeña escala, y cuando la gente salió de los refugios y se acostó, comenzó la verdadera operación de destrucción), y no tenía el menor sentido bélico. (Alguna vez leí que Dreden tuvo suerte en medio de la desgracia: era en realidad el lugar escogido para el lanzamiento de la primera bomba atómica… pero no estaba lista).

    Lo que el número de víctimas se ha exagerado mucho, sergio… Bueno, tampoco es que disminuya la magnitud de la infamia, pero cálculos bien documentados hablan de unos 25,000 muertos - hasta posiblemente 40,000.

  • 4 Ricardo // Feb 19, 2008 at 9:42 pm

    Dresden es una de las ciudades alemanas que más me han impresionado. La visité en julio de 1995 y recuerdo los bloques de piedra de la Frauenkirche dispuestos en el suelo para la reconstrucción.

  • 5 esme // Jul 15, 2008 at 6:21 am

    me encanto dresden, visste tambien frankfurt, berlin, leipzig, y fui aun “crucero” por el rhin, pero lo que mas me gusto fue dresden es muy bonito :)

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