Observando hace muy poco dos grandes maquetas de Kingelez, uno de los artistas africanos más representativos de los últimos veinte años, me preguntaba qué sentido tenía aún levantar un arte así. Un arte utópico y a la vez contraideológico, que no intenta movilizar tipo alguno de política o ilustrar a nadie, en el supuesto caso de que alguna vez sus maquetas hayan ilustrado a alguien; un arte kitsch. ¿Podían (pueden) aún estas microciudades decirle algo a una persona a medio camino entre una sociedad opresiva como la cubana, donde violencia es exclusión más uniformidad, y un contexto cómico-perverso como el alemán?
Lo más seguro es que sí, y si he comenzado hablando precisamente de este artista es porque cada vez que me encuentro frente a la “monstruosidad” de sus ciudades (hechas de cartón, lata o yeso…) regreso sin querer a la misma pregunta que, creo, nos hacíamos algunos de nosotros en los años 90 en La Habana. ¿Tiene sentido estar siempre caminando por el límite de una escritura que se niega a lo político y a la vez lo arrincona, lo tuerce? ¿Tiene sentido incluso pensar la relación escritura, ideología, tradición?
Diáspora(s), que como ustedes saben más que un rascacielos de Kingelez semejaba (semeja) una suerte de luchador de sumo al que han inflado demasiado, era por decirlo de alguna manera, nuestra enfermedad “real”, ese territorio donde lo público/lo íntimo tomaba forma, se in-cluía. En ella fue posible publicar a escritores congelados en Cuba como Cabrera Infante, Padilla, Lorenzo García Vega…, o debatir la relación intelectual-Estado donde quiera ésta se mostrara polémica; traducir a escritores afines o colgar nuestros textos chiquiticos y siempre en riña con algo-alguien. Textos que muchas veces por la propia existencia de la revista o el destino-de-vida que algunos de nosotros habíamos tomado ya nos era imposible colocar en otras publicaciones de adentro. Tal el caso de Rolando Sánchez Mejías y Rogelio Saunders, que por sendas invitaciones del Parlamento Internacional de Escritores habían pasado “a mejor vida”, una vida menos abundante de la que nosotros en verdad con cierta envidia imaginábamos; o el de Pedro Marqués de Armas y el mío, tropezando a cada rato con la suspicacia (la negativa) de los agentes del KGB cultural cubano.
La revista, que a través de sus ocho números intentó ahondar en la ilegalidad que en sí misma representaba, es un buen ejemplo para ilustrar ese juego entre memoria, sociedad civil y desheredamiento al que hemos sido convocados. No sólo porque en la Cuba del mal llamado Período Especial (a decir verdad, todos los períodos políticos bajo la revolución han sido despóticamente especiales), armar una publicación que no estuviera sustentada por el karaoke castrista era uno de los peligros más curiosos que podía sufrir un intelectual (tampoco hubiera sido la primera vez que un escritor o músico iba a parar a uno de los konzentrazionslager por el simple hecho de atravesar el crimen mismo de la Ley); sino, como ya ha afirmado Imre Kertész, porque cualquier intento de pensar en países totalitarios está condenado de antemano al fracaso, es lepra, y para curar esa lepra el Estado tiene a sus doctores especiales, muchos de ellos entrenados por otros doctores especiales de otros países higiénico-especiales, tiene su cuchillita. Y con esta cuchillita el Gran Inquisidor no sólo le extirpa a uno la memoria, en el caso de que uno tenga una memoria tan grande, luminosa y llena de venas como el hígado de una vaca. Con ésta, incluso le extirpan a uno lo que no tiene, lo que nunca tuvo… Y como sabemos, determinados regímenes son especialistas en desposeerte incluso de lo que nunca has tenido, lo que nunca te atreviste a pensar.
¿Será por esto que Baudrillard en uno de sus libros de apuntes llama a estas maquetas aplastadas por el despotismo total “sociedades epilépticas”? ¿Es decir, que necesitan y por ende fabrican cada cierto tiempo espasmos y convulsiones civiles para poder hundir más el punzón hasta el hueso, raspar?
La Cuba de los noventa, que es la que inaugura el trauma postsoviético en el trópico y gran parte de occidente, no sólo es epiléptica -para continuar con la reflexión del autor de Las estrategias fatales- por los espasmos que se traducen en hundimientos de lanchas y encarcelamientos masivos, huidas de gran parte de la poblacion y arbitrariedades sin fin. La Cuba de los 90, la cual con ligeras diferencias es la que sobrevive hasta hoy, es epiléptica porque incluso cuando autoriza a algunos de sus “animalitos” a abandonar el país, cuando accede a la publicación de un libro o excarcela a uno de los numerosos presos de conciencia que están entre rejas, cuando se entrega a algo que puede y quiere ser leído como positivo, lo hace siempre bajo el signo de la excepción, de lo que contradice toda regla pero es admitido, regalo. Y un Gran Padre o Benefactor, como ya sabía Stalin, es ése que se permite hacer el regalo sólo cuando él lo desea, ése que sabe mejor que nadie lo que nos conviene y cómo, cuándo.
Intentar destruir acaso la hermosa labor de una ideología que piensa tanto en nosotros, ¿no resulta en sí mismo un acto reprobable y de traición, un acto que en el mejor de los casos hay que subsanar de la misma manera que se extirpa una muela?
Soy Cuba, el lamentable filme que en 1964 hiciera en la isla el cineasta soviético Mikhail Kalatozov, redescubierto años atrás en el festival de Telluride, 1992, por Guillermo Cabrera Infante -codirector ese año del festival- y colgado a posteriori en el salón de los inolvidables por Francis Ford Coppola y Martin Scorsese, vendría a ser un buen ejemplo de las varias maneras que existen de extraer esa muela. No sólo por la forma en que ya en ese momento Soy Cuba tasajea la memoria o el archivo histórico que la Revolución hereda en 1959 (archivo que el proyecto ideológico de Fidel Castro se ha encargado de reducir a nada), sino más bien por la contracción grosera que hace de los flujos sociales que se muestran en el film: todos acartonados dentro una miseria que sólo la justicia revolucionaria vendrá a redimir y, por la manera en que a partir de este momento se comienza a entender (pedagogizar) la relación individuo-política en la isla. Como si comenzar de cero nos fuera a salvar del pasado y a instalar dialécticamente en el futuro. Un futuro esplendoroso y lleno de lucecitas rojas, como una mala representación del Chevengur de Platonov. Un futuro sin futuro.
Esta película, que salvo dos o tres fotos logradas, algunos buenos malabarismos con la cámara y una maravillosa escena de orgía social entre prostitutas cubanas y capitalistas norteamericanos bailando alrededor de una suerte de diábolo congo-polinesio, no posee otra cosa (viéndola sabremos que quieren decir los críticos con “sentir vergüenza ante la imagen”), vino en su momento a representar un espaldarazo a una visión kitsch-épica muy de moda dentro de la mayoría de los paises totalitarios de izquierda… Vision que en Cuba ya se podía constatar en los noticieros de cine que preparaba Santiago Alvarez cada semana y en El joven rebelde (1962) de Julio García Espinosa, uno de los filmes más espantosos de todo el cine cubano. Para desgracia de Kalatozov, la película haría su aparición en un momento en que las relaciones entre el Kremlin y La Habana se habían enfriado notablemente y después de las exhibiciones de rigor su “extraño mamut siberiano“ -como la apodó un crítico norteamericano- fue, por suerte, congelado en una bóveda.
¿No es precisamente esta visión maniquea y ridícula de la historia que verticaliza Soy Cuba (el pasado: desastre y prostitución; la revolución: mesianismo…), la que hemos recibido todos los que hemos estudiado dentro del pais de Jauja castrista, la visión-estado per se?
Otro ejemplo a citar sería En Cuba de Ernesto Cardenal. Uno de los libros sobre la utopía socialista que más circuló en los años 70 por Europa y América Latina, aunque nunca fue publicado en la isla. En Cuba, que podría ser considerado una suerte de road movie literario por la verdad del socialismo, intenta vender cristianamente, amparándose en un par de contradicciones no-tan-extremas según Cardenal —los campos de concentración tristemente conocidos como UMAP, la total ausencia de libertad de expresión y publicación, la miseria económica y civil que ya en los setenta se respiraba por doquier en la isla— la imagen de Cuba como paraíso imperfecto pero que más allá de sus “errores pequeños” se apoya en un concepto de justicia social sin parangón en todo el continente. Justicia que en el caso cubano siempre ha sido equiparada a la Memoria, sobre todo a esa que se entronca con la historia y el nacionalismo contraplattista de la República, y apenas deja resquicio a otra cosa que no sea la nación-patria-ideología misma. A tal efecto no sólo se reúne con Retamar, Cintio, Fina y todas las personas que “sin restricción alguna” lo visitan en su habitación del hotel Habana Libre (al parecer en ese momento sin policías que vigilasen la entrada al flamante hotel habanero), sino que acude a fábricas y hospitales, asiste a los discursos de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución y discute con los campesinos sobre las bondades de las cooperativas agropecuarias. En uno de los momentos más inspirados del libro, y refiriéndose a los juicios sumarios de los tribunales populares, escenarios que sobre todo a principio del desastre cubano condenaron a muerte y sin derecho a defensa alguna a cientos de personas que el ejecutivo revolucionario consideró desafectas, dice (poniendo en boca de Pablo Armando Fernández):
“[los tribunales populares] Son bellísimos. Son una cosa griega y bíblica: parece el pueblo de Atenas reunido en el ágora. Y los jueces son de una sabiduría salomónica.”
Más allá de la belleza que puede existir en contemplar el sufrimiento de alguien (el autor de la Oración por Marilyn Monroe comenta de paso que “el pueblo” asiste a estos Tribunales “como a un cine”), ¿no han resultado siempre equívocos estas exaltaciones de las posiciones totalitarias en cualquier lugar del mundo? Si pensamos en el Neruda de la Oda a Stalin, en el Triunfo de la voluntad de Leni Riefensthal, en el libro de Sartre sobre su período de flirteo con La Habana o en Bagatelles pour un massacre de Louis-Ferdinand Céline (que más que tratado de exaltación era libelo de condena), entonces no tendremos que escarbar demasiado. La relación entre intelectuales y poder ha sido por mucho tiempo más que denigrante. La historia de la Cenicienta pero sin necesidad de esperar las doce de la noche para observar como la carroza se convierte en calabaza…
¿Continúan en la etapa post-soviética, esto es, a partir del compás perverso que se abre a principios de los años 90, esas muestras de afecto ciego por el mamut socialista cubano?
A pesar de que en los demasiados años de Revolución son muchos los que se han desmontado del ovni castrista a través de cartas abiertas o silencios cómplices, películas como Comandante de Oliver Stone, “apologías” como las de Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, en su Fidel Castro: Biografía a dos voces, o comentarios como los vertidos por la escritora española Belén Gopegui (muchos mas desatinados que su propia novela) en diarios como El País, sobre la realidad/la ideología en la isla, casi nos entierran de nuevo en esos primeros años cuando aún no se había deshecho la luna de miel entre occidente y la revolución cubana…, y cualquier represión, censura, expulsión, electroshock o fusilamiento, al igual que en la Alemania de Honecker o en la Rumania de Ceaucescu, era entendido como mal menor, un exceso que por la humanitas del zoológico totalitario había que perdonar.
La memoria, el exilio, las formas en que se hereda-deshereda algo son preguntas que al final cada escritor se responde de maneras diferentes a sí mismo, haciendo un giro propio entre el angst (ese miedito que todos vamos acumulando incluso insconcientemente) y las ficciones que creamos o trabamos a nuestro alrededor. En mi caso, desde que comencé a publicar junto a otros el proyecto Diáspora(s), me di cuenta que mientras se estaba en un lugar y bajo un afecto determinado (el afecto de pertenecer a…, o de estar en sintonía con…), uno estaba a su vez lejos, desarrollando poco a poco la propia enfermedad, ese pequeño fascismo que supo retratar con exactitud Bergman en El huevo de la serpiente. Y esta enfermedad, que es también la de la conjunción entre política y literatura o entre literatura y otra cosa, sólo puede ser al final risita negra, ironía, hueco. De lo contrario, estaríamos condenados a vivir repitiendo la historia y a no encontrar una salida a la vez que ligera, compleja. Algo así como si un dios cruel, quejoso, y de barba larga, nos condenara a vivir para siempre dándole martillazos a un pequeño Lenin de hierro.
Carlos A. Aguilera
Graz
* Leído en el evento CUBA-USSR and the Post-soviet experience: Cultural ties, organizado por la Universidad de Connecticut, la Universidad de Columbia y el Instituto Cervantes de NY, USA, del 5 al 9 de febrero de 2007.

3 responses so far ↓
1 Ric // Apr 25, 2008 at 6:30 pm
No sé quién es Carlos Aguilera, pero esto es genial, uno de los análisis más acertados (si no el más) que he leído sobre ese escabroso y mal entendido tema/período. Y efectivamente, Soy Cuba es un filme lamentable que debió haberse quedado congelado para siempre como un mamut.
2 Anonymous // Apr 25, 2008 at 7:15 pm
Carlos, coincido. Es genial. Felicidades y gracias,
Diana
3 destino de vida // Aug 21, 2008 at 5:01 pm
carlos, necesarias la fichas que pones en juego. juego sin alegorías: destino de vida. me alegra encontrarte y leerte. coral
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