Circula en la intranet cubana el siguiente correo electrónico firmado por Desiderio Navarro:
La elección de esa obra de Antonia Eiriz para la cubierta no se debe simplemente a que pertenezca a la época que el libro examina, sino a que precisamente el destino de la misma, hoy conservada en el Museo Nacional de Bellas Artes —al que agradecemos la posibilidad de reproducirla—, simboliza, como pocos, el destructivo impacto del Trinquenio Gris en las obras y vidas de artistas, escritores y pensadores: al ser expuesta en el Salón de la UNEAC del año 1969, fue atacada ya desde el discurso inaugural por el entonces Vicepresidente de la UNEAC, y la arremetida subsiguiente tuvo tal impacto en la vida de Antonia, ya por entonces una de las grandes figuras de la plástica cubana del siglo XX, que ella dejó de pintar por más de 25 años, hasta poco antes de su muerte.
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1 maite // Apr 29, 2008 at 2:43 pm
Me parece muy bien que ahora se reconozcan las atrocidades…pero Antonia Eiriz murió en el destierro, el daño moral, la manipulación, el hacerla sentir culpable, la humillación, esa tortura psicológica nadie con unas disculpas, o unas reflexiones la podràn reparar.
Sirva la memoria para evitar, que en Cuba tengamos un nuevo jefe de gobierno que se dirija a los intelectuales con una pistola sobre la mesa, intronizando su poder con el dictado de un dogma : “Con la Revolución todo, contra la Revolución nada”, secuestrando a la sociedad civil, amordazàndola.
La pérdida de unos años creativos importantísimos de su carrera no tienen remedio. Un suicidio creativo, se cortó las manos…simbólicamente, guardó siempre una dignidad en relación al poder; volvió a pintar en exilio, en Miami, adónde llegó con su esposo y vivió dignamente cuidada por sus familiares.
Hija de emigrantes gallegos, vivió siempre en un barrio popular de La Habana, Juanelo, en Luyanó, en la casa que habían construído sus padres al llegar a La Habana en las primeras décadas del S XX; en carta que guardo, me cuenta cómo pintó un cuadro de su casa, de memoria, del patio, el jardín, las matas de plàtanos y guanàbanas, era un pedido de su hermana viviendo ya en Estados Unidos y cómo ese ejercicio de memoria de su espacio fue un duro trabajo emocional.
En ese barrio desarrolló una labor increíble de terapia creativa con sus vecinos, creando los talleres de creación de papier maché, Antonia como Beuys tenía la certeza y la confianza en las capacidades creativas de todos.
Al final su obra es un símbolo de resistencia, un testimonio de sobrevivencia, que ese cuadro «La Tribuna vacía» ilustre unas «memorias de ese período», hoy, que el monstruo retirado està,
es un signo del valor de una actitud y el reconocimiento del ostracismo a que fue sometida una generación.
Un espíritu superior, una gran artista en medio de la represión y la mediocridad, es la lección de su vida y la vergüenza de sus verdugos.
2 Isis // Apr 29, 2008 at 6:50 pm
Muy bello dicho, Maite.
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