
El 1 de diciembre de 1955, en una de las tres mil columnas “Letra y Solfa” que publicó durante diez años en el diario caraqueño El Nacional, Alejo Carpentier relata cómo un día de verano de 1941, el marchand francés Pierre Loeb entró en un local de “fritas” de la Playa de Marianao y quedó absorto ante un mural naïf que representaba un ingenio o central azucarero en plena molienda. Describe Carpentier que “había en la blancura de los edificios, en la colocación de las chimeneas, en la hermosa calidad de las tierras, en el verdor de las cañas, en la minuciosa —casi asiática— pintura de los árboles, una gracia, un sentido innato de la composición, una intuición de los valores, que dejaron asombrado a quien tanto sabía de ‘primitivos’ verdaderos y amañados, de ‘ingenuos’ con agallas y de ‘populares’ pasados por el tamiz surrealista”. Al preguntar Loeb por el autor, le informaron de Rafael Moreno, un pintor español que vivía “cerca” del lugar. Su entrenado olfato debe haberlo localizado pronto, pues “poco después, Rafael Moreno, instalado en la casa de Wifredo Lam, dejaba de decorar bares y fondas para consagrarse a la pintura.”
Wifredo Lam había llegado de regreso a Cuba a finales de 1941 y luego de una breve estancia en un apartamento en el área de Jesús del Monte, vivía con su mujer, la química alemana Helena Holzer, en Marianao, en la calle Panorama, número 42 (dirección difícil de ubicar hoy día, tras medio siglo de uso de la denominación numérica que implantó el legendario alcalde Francisco Orúe) y pintaba unas junglas gigantes con gouache muy diluído sobre papel de estraza. No muy lejos, Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas ya habían remozado la quinta colonial de San José, en las inmediaciones de Pogolotti, visitada y documentada más tarde por el etnofotógrafo Pierre Verger, en 1957.

Marianao, municipio vegetal, hipertrofiado e industrioso del costado oeste de la vieja capital, florecía en explosiva expansión. Batista gobernaba en alianza con los comunistas y Columbia —el verdadero centro de donde emanaba el poder— irradiaba una energía de avance militar, progreso y desarrollo. Desde 1726, cuando fue fundado por padres dominicos, bajo la advocación de San Francisco, en el paraje luego llamado de “Quemados”, Marianao, across the river, seguía siendo no tanto el campo, sino el bosque. En el camino hacia Vuelta Abajo, sus puertas vegetales se abrían debajo de la bóveda boscosa de los “puentes grandes”, donde desde finales del siglo XIX las papeleras molían aguas lentas con un interminable susurro de cascada, en una zona en la que pocas quintas —primas rurales de las que ya se atropellaban, colindantes, en El Cerro—, se abocaban a la calzada como huyendo de la asfixia de la selva. La creciente industria cervecera, trepada a la manigua de la escarpada falda de la Loma del Husillo, en notable alarde ecologista, enmascaraba fábricas con jardines de fiestas, salpicados de quioscos belle epoque, como gazebos de Gaudí bajo una canopia tropical de jagüeyes y flamboyanes encendidos, donde los domingos la gente bailaba los danzones de moda y refrescaba con láguer nacional. Un minúsculo paisaje al óleo (sobre madera) de Juana Borrero, pintado al natural en la quinta de su familia en Puentes Grandes, documenta mejor que cualquier fotografía de la época la densidad boscosa de la zona a fines del siglo XIX.
El territorio había sido escenario de acciones armadas durante la última Guerra de Independencia. A fines de 1895, las tropas insurrectas encabezadas por Antonio Maceo ocuparon Punta Brava, atacaron Marianao y continuaron hacia Pinar del Río. Un año después, Maceo muere en una escaramuza en San Pedro de Hernández, justo cuando planeaba con sus generales Baldomero Acosta y Juan Delgado un ataque sorpresa a Marianao.
A mediados de 1898, consolidada la intervención norteamericana en la guerra y tras la derrota española en la batalla naval de Santiago de Cuba, el ejército norteamericano establece el Camp Columbia en las inmediaciones de Quemados, donde se asienta el mando del Mayor General Fitzhugh Lee, designado Gobernador de la Provincia de La Habana en el gobierno militar de intervención. Un informe a sus superiores del coronel Willie Jones, del Second South Carolina Volunteer Infantry Regiment, relata:
“We were soon very comfortably fixed in our Cuban camp, called Camp Columbia, situated on the Havana and Marianao Railroad, just five miles from the city and half a mile from General Lee’s headquarters at Buena Vista. We had the most beautiful camp in Havana I ever saw - it was as clean as a parlor.”
Este regimiento de voluntarios de infantería, de los primeros en acampar en el lugar, tenía su sede original en Columbia, South Carolina, lo que podría explicar, probablemente, el origen del nombre del asentamiento militar que en años subsiguientes, ya establecida la República, produjo un notable incremento de la actividad urbanística del área, dando lugar a densos núcleos de población en torno al mismo. En el período de 1903 a 1915 se construyeron los repartos Columbia, Almendares, Santa Catalina de Buenavista, Larrazábal, San José, Jesús María, Los Hornos, Miramar, La Serafina, Clarisa y Oriental Park, entre otros. Hijo de un coronel de artillería del ejército cubano, en Columbia nació, el 19 de diciembre de 1910, José Lezama Lima.
Entre 1914 y 1918, durante el período conocido como la “Danza de los Millones”, consecuencia del aumento del precio del azúcar a raíz de la Primera Guerra mundial, se hicieron grandes inversiones en el desarrollo y la urbanización de nuevas áreas. El acceso desde El Vedado, facilitado por los puentes de Asbert, a la altura de la calle 23 y de Pote, cerca del litoral, acelera la construcción de elegantes mansiones, que conquistan los escarpados farallones de Kohly y se desparraman por la Quinta Avenida. Se edifican los repartos La Sierra, Céspedes y Ampliación de Miramar, la segunda ampliación del reparto Almendares y la urbanización del reparto Alturas del Río Almendares. En la ribera del Quibú se construyen los repartos rústicos Country Club (hoy Cubanacán) y la Coronela.
Ese desarrollo urbano estimuló también el surgimiento de asentamientos marginales, que albergaban a las familias humildes provenientes del campo, en bolsones de pobreza que continuaron durante décadas bajo el atraso y la miseria. En 1911, Dino Pogolotti, un inmigrante italiano radicado en la isla desde 1898, funda al sur de la vieja calzada de Marianao el barrio homónimo, primer barrio obrero de Cuba, que cobraría fama musical y violenta como cuna de rumberos y ñáñigos. El emprendedor piamontés, padre del futuro futurista Marcelo y abuelo de visionaria Graziella, además de construir las primeras viviendas del barrio, edificó el acueducto, el cine, una tienda y otras obras que conformaron la estructura inicial del histórico vecindario.
Muy cerca, cruzando la antigua Calzada de San Francisco (hoy calle 100), se inauguró en 1915 el hipódromo Oriental Park, inmediatamente proclamado “el mejor de las Américas”, y donde criadores norteamericanos traían sus caballos en los meses de invierno para ser cabalgados por los jockeys más famosos del mundo.

En el Oriental Park se jugó la temporada de béisbol profesional cubana de 1915-16, mientras se construía el nuevo Almendares Park en las inmediaciones de la ermita de Montserrat y en el mismo lugar, en abril de 1915, ante unos 30 mil espectadores, se celebró la memorable pelea de boxeo entre el campeón negro de los pesos pesados Jack Johnson y el retador blanco Jess Willard, un pleito amañado de connotaciones racistas. Otras famosas personalidades de la época visitaron el Oriental Park, como la bailarina Isadora Duncan (1916) y el jonronero de los New York Giants George Herman “Babe” Ruth, en ocasión del partido de exhibición que el team neoyorquino disputó frente al Almendares a fines de octubre de 1920.
El otro gran estadio marianense, La Tropical, inaugurado en 1929 (que en los últimos días de diciembre de 1936 sería sede de la extravagante carrera que Jesse Owens, ganador de las competencias de 100 y 200 metros planos en los Juegos Olímpicos de Berlín, corrió contra un caballo, ganándole por ventaja de más de veinte metros), servía de sede en 1940 a los Segundos Juegos Centroamericanos y del Caribe y se consolidaba hacia 1943 como cuartel del equipo local, los Tigres de Marianao, uno de los cuatro que conformaron durante un par de décadas la legendaria Liga Cubana de Béisbol Profesional, fundado y dirigido por el exjugador de Grandes Ligas Baldomero “Merito” Acosta, hijo del entonces alcalde, el veterano general de tiempos de Maceo, ya mencionado, Baldomero Acosta. La Tropical tenía, por lo visto, unos jardines exuberantes.
En 1941 aún no hay tigres en la selva de Marianao, aunque otros felinos de la jungla sí se hacen presentes. La primera revista musical que se montó en el recién inaugurado cabaret Tropicana, justo en el sitio donde había sido fundado Marianao más de dos siglos antes, fue la mítica producción Congo Pantera, que tenía como principal bailarín del elenco a Luciano “Chano” Pozo, el más grande rumbero que haya dado la nación cubana y cuyo principal número musical era la movida rumba Parampampín, del propio Chano. El antiguo interno de Torrens “cazaba” en el escenario a la “pantera” rusa Tania Leskova, bailarina del Ballet Ruso de Monte Carlo, al ritmo frenético que propiciaban tumbadores tan legendarios como Silvestre Méndez y Mongo Santamaría, en un espectáculo con coreografía del maestro ruso David Lichin, que combinaba elementos del ballet clásico con la música afrocubana y en el que participaban además, figuras como Rita Montaner y Bola de Nieve.

El famosísimo centro nocturno había sido creado por los empresarios Víctor de Correa, Rafael Mascaró y Luis Bular en diciembre de 1939, en una boscosa propiedad que rentaron a Guillermina Pérez Chaumont, conocida como “Mina”, cuyos lujuriosos jardines proveían el entorno natural perfecto para un cabaret al aire libre, al tiempo que instalaban un casino en la vieja mansión de la finca. Villa Mina fue comprada más tarde, en 1949, por el empresario Martín Fox, quien encargó al joven arquitecto Max Borges Recio el diseño de un salón bajo techo, que a la vez integrara la frondosa vegetación del lugar. El conocido proyecto del salón Arcos de Cristal obtuvo en 1953 la Medalla de Oro del Colegio Nacional de Arquitectos y constituye una de las obras maestras de la arquitectura cubana del siglo XX. Para entonces, la entrada de Tropicana se trasladó a la antigua fuente de las ninfas del Casino Nacional y se encargó a la escultora Rita Longa la afamada figura de la bailarina, símbolo del centro nocturno.
Unos años más tarde, en 1953, Borges levantaría otra estructura parecida en el Club Náutico, en la Playa de Marianao, donde los centros de recreo de la burguesía compartían estrecha geografía con las llamadas “fritas”, timbiriches, cabaretuchos y restaurantes que saturaban la acera sur de la Quinta Avenida en la zona comprendida desde las hoy calles ochentitantos hasta más allá de la rotonda en que la avenida enlaza con las calles hoy 120 y 146 (entonces denominada Gran Boulevard de Marianao), donde en 1950 se inauguró el cinódromo del Havana Greyhound Kennel Club, que hoy lleva nombre de un patriótico pionero del béisbol. Desde los años treinta, en el área habían proliferado rústicos establecimientos de madera y techo de zinc, donde se podía comer, beber y bailar, y a los que acudían humildes trabajadores de la zona, intelectuales bohemios, turistas arriesgados y marinos norteamericanos de buques fondeados en el puerto, en su última parada de parrandas alcohólicas y de placer por la ciudad.

Verdadera escuela y escenario imprescindible de músicos populares, La Playa fue la cuna de la “música de fritas”, designación un tanto despectiva (aunque legitimada y usada por Carpentier en determinado momento) que acuñó el musicólogo republicano español Adolfo Salazar en 1952 . En sus precarios escenarios actuaron figuras como Benny Moré, Antonio Arcaño, Arsenio Rodríguez, Rolando Valdés, Senén Suárez, Carlos Embale, Tata Güines, un muy joven Juan Formell con su amigo Changuito y decenas de figuras no tan conocidas como el trovador campesino Evelio Rodríguez, la “sevillanita” Obdulia Breijos o el olvidado travesti Musmé. Allí sonaba lo estridente, lo más arrebatado, lo que de verdad hacía gozar. Agrupaciones como el Conjunto Bolero —con su cantante Mazacote—, Melodías del 40 y el Conjunto Afrocubano, sazonaban los fogozos y fugaces agarrones de mambo de las volátiles parejas de una noche, en sitios como El Niche, Pompiliu, Mi Bohío, Rumba Palace, Pennsylvania y Los Tres Hermanos, preámbulo de madrugadas de sexo salvaje en las muchas posadas que existían en la zona, hacia adentro, algo más alejadas de la Quinta Avenida.
El distrito, que contrastaba con los clubes de la acera de enfrente, era además el reino de El Chori —Silvano Shueg Hechevarría—, excepcional rumbero nacido en 1900 en Santiago de Cuba y uno de los personajes más pintorescos de la música de la Isla. El Chori, que había comenzado su carrera en la academia de baile de Marte y Belona, en el centro de La Habana, había hecho de La Playa su escenario personal y tocaba a diario en su bajareque homónimo, “La Choricera”, en Los Tres Hermanos y ocasionalmente en Rumba Palace. El excéntrico Chori, de atuendo estrafalario, pañuelo colorado y cruz al cuello, montaba un show escalofriante con música sacada de botellas llenas de agua y sartenes y gritos selváticos, al estilo de los que ya por entonces soltaba su ecobio Chano en Nueva York —adonde había llegado en 1947— durante los largos breakes que Dizzie Gillespie le solicitaba para hacer tiempo y entretener a la audiencia ante una demora de los músicos o cualquier otro contratiempo. El rumbero se volvía rugiente león, tigre malabarista, leopardo escurridizo, creando con tambores y gritos una ilusión de jungla misteriosa, en medio de la escenografía bantú o carabalí, de güira y guano.
Chori se hizo famoso sin salir nunca de La Playa, gracias a la crónica oral, a los recuentos de inolvidables borracheras y fotografías tomadas por Earl Leaf, famoso fotógrafo beatnik, más célebre por documentar la imagen de estrellas de Hollywood como Marylin Monroe o Allison Hayes. Leaf, también musicólogo, inició su carrera como fotorreportero de Time y The Saturday Evening Post en sitios “inaccesibles” como la China de Mao Zedong y Zhou Enlai, donde representaba a la United Press y viajó extensamente por Europa y América Latina como corresponsal del organismo precursor de la CIA. En 1945 retrató al pintoresco Chori en su ambiente de cabaret playero. Más tarde, Chinolope, otro gran cronista visual de la calle, realizó varias fotos del músico y de su inconfundible grafitti tag, omnipresente en cada esquina de La Habana, hecho siempre con tiza y de una tipografía absurdamente perfecta, obra-performance pública, adelantadamente pre-basquiática, que le sobreviviría unos años tras su muerte en 1974 hasta que fue borrada para siempre por el viento y la lluvia.
En la primera mitad de los cuarenta, toda la energía que emanaba de Columbia era definitivamente batistiana, castrense. Los alrededores de la gran base militar se transformaban con aires de urbanismo mussoliniano y surgían nuevos e imponentes edificios y monumentos. El 4 de septiembre de 1944 se inauguraba el Obelisco Memorial a Carlos J. Finlay, en la rotonda estratégicamente situada frente a una de las principales garitas de acceso al gran complejo militar. Era una torre de 32 metros, revestida de bronce y piedra de Jaimanitas, con basamento de granito negro y rematada por un faro que servía de guía a los aviones hacia el cercano aeropuerto de la Fuerza Aérea. Un friso escultórico de los artistas Navarro y Lumbardo lo enlazaba con los cuatro edificios circundantes, diseñados y construidos por el ingeniero José Pérez Benitoa, claramente afianzados en los códigos de la corriente monumental moderna. La Maternidad Obrera, construída por el arquitecto Emilio de Soto en la entonces Calzada de Columbia (luego Avenida 31) a partir de 1939 e inaugurada por Batista y su ministro de Salubridad Sergio García Marruz en septiembre de 1941, disponía en su inmensa estructura art decó de 250 camas, de las cuales 160 se destinaron a obreras y esposas de obreros y el resto a la atención privada, brindada por cien médicos especialistas. Una escultura de Teodoro Ramos Blanco, “Madre e hijo”, se integraba, sobre la entrada, al altísimo pórtico del edificio.

Batista, hombre fuerte desde su irrupción cuartelera de 1933, dominaba el panorama cubano. Amo y señor de Columbia, su feudo de influencia se extendía con intensidad por todo Marianao. También conocido como El Mulato o El Indio, su presencia generó una estética afro, sincrética, en esas zonas boscosas del imaginario popular. Los nombres de sus propiedades, la finca Yemayá, en Pinar del Río y la residencia campestre Kuquine, al suroeste de la capital, evocan un exotismo superficial e inculto, con algo de lejano oceanismo hollywoodense y mucho de cercana santería cubana. Su demagogia populista lleva la carga de cierto resentimiento contra la cultura blanca de la oligarquía histórica. Es la época en que lo negro sale por primera vez a la palestra, no sin dificultades, en casi todas las expresiones culturales del país.
En la finca San José, Lydia Cabrera comienza a desarrollar las investigaciones que la llevarían a la cumbre de El Monte (igbo finda, ewe orisha, vititi nfinda), consiguiendo entrevistas con informantes directos en los alrededores e investigando in situ la evolución de los ritos oscurecidos por el positivista y lombrosiano enfoque del primer Ortiz.
Nacida en La Habana el 20 de mayo de 1899 y educada en casa por su débil salud, la hija del escritor Raimundo Cabrera colaboraba a los catorce años en diarios habaneros bajo el seudónimo de “Nena” y había alcanzado un título universitario con honores cuando viaja a París en 1927, para graduarse en pintura en L’École du Louvre en 1930. Hacia 1936 había publicado en francés (Gallimard) sus Contes nègres de Cuba, con el solo fin de proporcionarle un poco de gozo y distracción a su amiga, la escritora venezolana Teresa de la Parra, que se moría de tuberculosis en un sanatorio de Suiza. En 1938 regresó a la Isla con su amiga María Teresa de Rojas, a vivir, luego de una minuciosa restauración que tomaría alrededor de tres años, en la centenaria quinta de Marianao. A la par que desarrolla extensas investigaciones en Matanzas, Perico, Unión de Reyes, Trinidad y otras zonas de densa población lucumí, en San José Lydia acoge cálidas tertulias de intelectuales cubanos y extranjeros, muchos recién llegados de Europa a raíz del conflicto bélico mundial.
Los predios tenían historia. En 1937, en Rochester, Minnesota, el médico e historiador de la Clínica Mayo Philip Showalter Hench comenzó a trabajar en un proyecto de investigación al que dedicaría el resto de su vida: la historia del descubrimiento de la fiebre amarilla. Desde 1900, durante la ocupación militar norteamericana en Cuba, la recién creada Yellow Fever Comission del Ejército de EE UU había tratado de demostrar irrefutablemente que el mosquito era el vector transmisor de la fiebre amarilla. El científico cubano Carlos J. Finlay había propuesto tal teoría desde 1881, pero no había sido capaz hasta entonces de probarla conclusivamente ante la comunidad científica internacional. En octubre de 1900, la comisión médica militar, presidida por Walter Reed recibió autorización del gobierno para efectuar en La Habana experimentos científico-médicos que confirmaran finalmente la teoría de Finlay. A tal efecto, se estableció en Marianao una estación experimental de cuarentena en un terreno abierto, detrás de los predios del Cuartel de Columbia. Según documentos de la Yellow Fever Collection de la Biblioteca de Ciencias de la Salud de la Universidad de Virginia, el Camp Lazear, como la comisión decidió bautizarlo en recuerdo del joven médico militar muerto tras inocularse la infección apenas un mes antes, se estableció en “the rolling fields of the Finca San Jose, on the farm of Dr. Ignacio Rojas”, quien arrendó la tierra a los americanos. En abril de 1940, el Dr. Hench, que no cesa en su empeño de crear un memorial a los héroes de la hazaña científica, viaja a Cuba y entra en contacto tanto con Luis Basilio Pogolotti, hermano del fundador del barrio homónimo, y con la Sra. María Teresa Loma, viuda de Rojas, propietaria de San José y madre de María Teresa “Titina” de Rojas, quien restaura para ese entonces la quinta junto a Lydia. Una abundante correspondencia fechada en esos años evidencia el incansable esfuerzo de Hench en su investigación y la voluntad de Lydia y Titina, empeñadas en la conservación de valores históricos. Años más tarde, en mayo de 1952, un informe de inteligencia de la embajada norteamericana describe a la pareja de amigas de esta manera:
“Senora Rojas and her companion, Senorita Lydia Cabrera, are unusual women. Both are students of history and authors; they are women of broad background and culture; finally, they are deeply concerned with the undoubted passing of the Cuban heritage of significant sites and buildings. Their efforts to arouse support, to preserve some buildings have in the main failed. Distrusting the particular vagaries of Cuban government, they are seeking not only to help Dr. Hench assure the preservation of Camp Lazear site and Building No. 1 but also to assure the permanent preservation of the Quinta San José. Senora Rojas has no heirs for her property.”

La majestuosa Quinta San José, una reliquia de la arquitectura colonial cubana, fue demolida tras la salida definitiva de Cuba de Lydia y María Teresa, como se ha recordado aquí. Durante aquellos tempranos años cuarenta, en la Quinta se reunían personajes como Wifredo Lam, Alejo Carpentier, Pierre Loeb, Pierre Mabille —luego de la guerra, cónsul francés en Haití, a donde llevó a Lam— y otros más, entre ellos probablemente el recién descubierto Rafael Moreno.
Carpentier, a su vez, había regresado en 1939 luego de doce años en Europa, y a sus 35 años trabajaba como editor de Tiempos Nuevos y como musicólogo en el Conservatorio Nacional. Tras terminar su breve matrimonio con la disputada Eva Frejaville —ya para entonces musa del pintor Carlos Enríquez en su retirado Hurón Azul, en Párraga—, casó con la rica heredera Lilia Esteban Hierro en 1941 y desarrolló una intensa labor en varios terrenos culturales. Al tiempo que colaboraba en varias estaciones de radio, publicaba en Carteles una serie de artículos, “El ocaso de Europa”, que muchos consideran entre sus mejores ensayos. En 1943 realiza, junto con Lilia y el actor francés Louis Jover, el accidentado viaje a Haití que le inspiró El reino de este mundo y su “descubrimiento” de lo real maravilloso.
Carpentier refiere que Loeb llevó a Moreno a vivir con Lam y su mujer al estudio de la calle Panorama y puede imaginarse la mutua y curiosa influencia que ambos artistas, tan diferentes, puedan haberse ejercido. Lam, tras tantos años europeos, llenos de vicisitudes, hambre, surrealismo, guerra, aprendizajes y contactos con otras culturas, pintaba en un jardín la naturaleza de su tierra, estudiando del natural el follaje y los verdes selváticos del monte. Moreno arrastraba quizás la maña escenográfica de los antros de la playa: selvática también, africanista, zulú, maorí, exótica y rumbera. En la brisa caliente de la costa, por las tardes, puede haber sonado el lejano tronar de los batá de un toque de santo, los tambores misteriosos de un plante o los gritos guturales de los rumberos de las “fritas”.
En Marianao, Lam le imprimió una rápida evolución a su estilo, involucrándose cada vez más con la cultura afrocubana. Su pintura incorporó figuraciones nuevas, híbridas formas del mundo natural, semihumanas, en parte animales, en parte vegetales. Quién sabe cuánto de marianense tiene su obra emblemática La jungla, que el MoMA compró en 1943 por 3000 pesos. Todo el bagaje que Lam traía de sus contactos con el cubismo y el surrealismo encontró traducción en los símbolos de la santería. Un viejo son de 1928, llamado “Criolla carabalí”, que interpretaban los rumberos ñáñigos de La Playa, decía así: “Ya yo é, ya yo ma-éee // Ecobio eñegueñé, monina, con ecobio…”
Pierre Loeb, por su parte, que había comprado y vendido obras de Lam (Picasso los había presentado en 1938) y organizado su primera exposición en París en 1939 (bien recibida por la crítica y visitada por connotados miembros de la avant-garde parisina, como Le Corbusier y Marc Chagall), había llegado a Cuba en compañía de su hermano Albert alrededor de 1940 y al igual que los otros intelectuales europeos “inmigrantes”, muchos de ellos judíos que escapaban del conflicto europeo e intentaban recomenzar sus vidas en América, se integró rápido a esta tierra de paso. “La Habana representa los mejores años de mi vida, mis mejores recuerdos” —le confiesa hoy día su hijo Albert a William Navarrete. Tanto el muchacho como su hermana fueron incluso bautizados en Cuba en la Iglesia Católica, teniendo de padrinos a Lydia y Carpentier.
Gracias a la estancia cubana de Loeb fue posible organizar la primera muestra de Pablo Picasso en la isla (y en América Latina), cuando desde el 18 de junio y hasta el 4 de julio de 1942, se exhibieron en el Lyceum dieciséis gouaches y dos óleos del pintor malagueño.
De cómo el marchand, al igual que el pintor rumano Sandú Darie, el escultor checo Bernard Reder, el director sinfónico austriaco Erich Kleiber (que llegó como una bendición para la Orquesta Filarmónica) y un buen grupo de aquellos recién llegados, se “aplatanó” —en el sentido práctico— a la vida en La Habana, dan fe varias anécdotas y sus tres ensayos posteriores sobre artistas cubanos (Fidelio Ponce de León, Rafael Moreno y Lam) que denotan su aguda mirada vanguardista y una clara tendencia hacia lo negro y lo marginal. El propio Lam relata en la entrevista a Max-Pol Fouchet cómo Loeb trató de resolver el problema del atraso de su visa para Estados Unidos: Lydia Cabrera lo llevó a un babalawo, quien le pidió a Loeb tres gallos, cuatro cocos, una escalera de mano y una soga para hacer el trabajo. La visa le llegó al día siguiente.
César Beltrán
Miami
PD: Se recomienda acompañar la lectura de este texto con la consulta de un exhaustivo mapa de Marianao hecho por Leonardo Zayas.
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34 responses so far ↓
1 Ernesto G // Jul 6, 2008 at 4:18 pm
Gracias a Cesar y a Ernesto por este regalo.
Ernesto G (un marianense de pura cepa)
2 Ernesto G // Jul 6, 2008 at 4:34 pm
Pregunta: Donde exactamente estaba la Quinta San Jose?
3 César Reynel Aguilera // Jul 6, 2008 at 4:36 pm
Gracias tocayo, se agradece este artículo. Saltan los recuerdos del barrio y no hay para cuando acabar.
Un abrazo
C.
4 Ernesto G // Jul 6, 2008 at 5:01 pm
No en balde ud. me cae bien, C.R.A., y es que es marianense como yo. Saludos. No se preocupe, no le voy a proponer hacer un congreso de marianenses exiliados.
5 pd // Jul 6, 2008 at 5:24 pm
Oye, Mache, tú le dices superficial e inculto al Mulato porque no has visto el último video de reguetón de la Charanga… Así como lo oyes: la Charanga se ha pasado al reguetón. Fíjate como está que no quiero ni colgarlo aquí.
6 pd // Jul 6, 2008 at 5:29 pm
En serio, después de leer tu artículo (y de releer unas anécdotas de chinos que cuenta la cubanita Renée Méndez Capote) he llegado a la conclusión de una parte de los problemas del patio derivan de la onomástica. Me explico: la Revolución de Octubre tuvo a bien cambiar el nombre del país donde se implantó. Rusia pasó a ser la Unión Soviética, lo cual dejaba las cosas claras. Me decía esta mañana Rafa Rojas que Luis Aguilar proponía que los cubanos le cambiáramos el nombre a la isla. En realidad, lo de hoy no tiene nada que ver con lo que fue. Cuba es eso de lo que tú hablas, no lo que hay hoy. Las estadísticas –y la memoria de los más viejos– lo demuestran.
7 Ric // Jul 6, 2008 at 5:37 pm
Excelente artículo.
Muchas de las piezas que tenía Lydia en la quinta (muebles y elementos arquitéctonicos como puertas y rejas) provenían de Trinidad, donde durante años ella Titina hicieron, afortunadamente, un piadoso saqueo.
Mina Chaumont (la dueña de los terrenos del futuro Tropicana) era la viuda de Regino Truffin, embajador de Menocal en la corte de los zares. En su segundo matrimonio, Mina (una señora muy gorda) se volvió a quedar viuda, ¡a la segunda noche de la luna de miel! La gente después decía que al novio “le había explotado la mina”.
8 CS // Jul 6, 2008 at 5:46 pm
Lo que este articulo me enseña es la gran pérdida de tiempo que han sido los últimos 49 años. Mucha educación gratuita, mucha atencion a la salud y al deporte, pero ha sido una pérdida de tiempo, ya que con la desintegracion general el país no vale la pena ser habitado. Uno se derrite leyendo esta crónica, pero ahora estoy deprimido. Hay cierto masoquismo en todo esto, pero uno goza con el sufrimiento, quizás es por eso que ha durado la revolución, porque somos como la mujer maltratada que reverencia a su marido abusador.
9 César Ernesto // Jul 6, 2008 at 6:03 pm
Aunque nací en El Cerro, me inscribieron en el Registro Civil de Puentes Grandes. Estudié luego nueve años en Marianao, cuatro frente al Obelisco y cinco en 120 y Novena, entre las “fritas” y el final de la pista aérea de Columbia, donde mi padre se había formado como enfermero militar en tiempos de Prío. Luego trabajó durante años en la ONRI (hoy Hospital Frank País) que fundó Martha Fernández de Batista. Desde el Santo Suárez de mi infancia, siempre envidié un poco la jungla de Marianao y cuando no se podía llegar a Santa María, acudí siempre felíz a “los charcos” de La Playa. En los vestigios del Rumba Palace que quedaban en los ochenta bebí galones del traicionero draft de pipa que mareaba más que la montaña rusa del Coney Island. Soy medio marianaense y le debía un humilde homenaje.
10 Relatos marianenses « El tinglado de Santa Eufemia // Jul 6, 2008 at 6:09 pm
[…] No hay comentarios Se recomienda, desde la perspectiva del historiador y sin ánimo de lucro, lectura placentera, sabrosona, sandunguera… para tardes de julio. Acompañada de mojito, daikiri, cuba libre … lo que […]
11 César Reynel Aguilera // Jul 6, 2008 at 6:21 pm
Ernesto G,
Sí, me considero marianense, y todavía me alegra caerle bien a alguien. Uno de mis sueños es comprarme un gato de la marca Havana Brown, y ponerle de nombre Marianao. El otro es tomarme una botella de 15 años sentado en la primera tumba del cementerio de esa municipalidad. Cosas de loco.
Un abrazo barriotero
C.
pd,
Incurre usted en el delito de inconsecuencia cuando decide evitarnos el video de la Charanga. Necesita olvidar aquella foto, colgada hace un tiempo en este ilustre sitio, con la que usted decidió infligirnos la triste imagen de un miembro de la sufrida raza afro-cubana, desnudo, asustado, y perseguido por un efectivo de la policía castrista. Si revisa usted los comentarios de aquel célebre post verá que están, pulgadas más, pulgadas menos, al mismo nivel del peor de los reguetones charangueros. Recuerdo con especial tristeza las frases que algunos escribieron intentando minimizar los atributos viriles del perseguido, un acto injusto si tomamos en cuenta que la inmensa mayoría de nosotros, ante una situación similar, seríamos pruebas andantes de las bondades de la microscopía electrónica.
Le saluda
C.
12 pd // Jul 6, 2008 at 6:26 pm
Tiene razón, mi estimado C. Pero fíjese, ese post con la foto del negro en cueros es el más visto en los dos años del blog… y con diferencia. Nadie se le acerca ni remotamente. Está suelto en la manigua de las estadísticas el dichoso cimarrón urbano.
13 Cuco // Jul 6, 2008 at 6:28 pm
Un Elefante del oeste habanero se nos “escarranchó” en primera plana de PD!…Insólito, comento antes de leer. Promete estar bueno por los comentarios previos. Es temprano todavia pero me voy a preparar mi “mentirita” ya (Cuba Libre).
14 César Ernesto // Jul 6, 2008 at 6:50 pm
Ernesto G: Yo no he podido, desde Miami, precisar la locación exacta de la finca. En el extremo inferior derecho del mapa (creo que es de la ESSO, anotado y “cropeado” por Zayas), en el área de Pogolotti, en el claro debajo justamente de la primera O y la G de POGOLOTTI, en la Ave. 61 entre las calles 88 C y 90 A, está el parque Lazear, que finalmente Hench y las autoridades cubanas lograron dedicar en 1952. La propiedad original era muy grande y fue mutilada por la especulación de terrenos en sucesivas ocasiones. Según leí en algún recoveco de la investigación, en algún tiempo salía hasta la calzada (Ave. 51). La imagen actual de satélite de Google puede ayudar a tener una idea. En algún descampado del área debe haber estado la finca.
15 César Reynel Aguilera // Jul 6, 2008 at 6:52 pm
pd,
!Desoladora estadística! Se refuerza mi eterno complejo de inferioridad. El record del cimarrón luce como aquel salto de Bob Beamon en la olimpiada de Méjico. Hacen falta décadas para romperlo.
16 Cuco // Jul 6, 2008 at 7:32 pm
Precioso trabajo. Gracias César y PD.
Pudiéramos disfrutar un día similares de El Cerro o La Víbora ?….
17 Ernesto G // Jul 6, 2008 at 7:53 pm
Gracias.
18 Ric // Jul 6, 2008 at 8:00 pm
CS — ¡Amén!
19 jlm // Jul 6, 2008 at 8:47 pm
W Lam tuvo su estudio en Buena Vista, en un “cuchillo” –que hoy es un parque/solar/candonga- que esta justo a la entrada que da a la calle 76 del hoy bautizado Ciudad Libertad ex Cuartel de Columbia.
20 paladin de la equidad // Jul 6, 2008 at 9:18 pm
Sr. Machete Beltran, sus escritos mejoran notablemente, continúa siendo una suerte de arrolladora cascada de información por momentos recargada, pero, va tomando particulares literarias interesantes y cada vez, mas personales. Muy bien! Le ha asentado muy bien su nueva biosfera.
21 paladin de la equidad // Jul 6, 2008 at 9:34 pm
Ha! Se esfumo el dato del “cuchillo” de la calle 76, cosas de blogers.
22 Mertiolate // Jul 6, 2008 at 10:23 pm
Lo del cuchillo aclara un poco entonces que Panorama sería 29 A. El número 42 queda en la primera cuadra desde la garita, obviamente. Cerquitica del International mall, digo, de casa de Lydia y de la jodedera de la Playa. Paladín, mejora el English.
23 maite // Jul 6, 2008 at 11:17 pm
Gracias César, excelente, qué bueno recuperar esas historias, cuànta información en éste artículo de La Habana cosmopolita, seductora y bohemia…dice Pepe que él recuerda la firma del Chori en la calle, en las esquinas en La Habana en los 60.
César,
Mi tío político nació en los años 20 en la calle 54 entre 33 y 35, todavía queda mi primo allí, enfrente vive Lidia Berdayes la que fue profesora de San Alejandro, me contaba mi tío que en los años 30 en esa zona volaban las gallinas de guinea que andaban sueltas, salvajes por los alrededores de su casa, así que aquello fue una selva casi hasta los 40. Un abrazo.
24 William Navarrete // Jul 7, 2008 at 12:58 am
Formidable artículo César. Una maravilla. Me lo leí de cabo a rato.
Sólo una insignificante observación: el San Francisco de Marianao es San Francisco Javier (la iglesia incluso es San Francisco Javier de los Quemados, fundada en 1747). Es importante precisar que es Francisco Javier (el evangelizador en el Lejano Oriente) porque en la religión católica cuando se habla de San Francisco a secas, a quien se hace referencia es al de Asís, quien por ser muy anterior goza del privilegio de ser nombrado sólo por el primer nombre. Los restantes deben llevar el segundo nombre: Francisco Javier, Francisco de Paula, etc para evitar confusión.
25 solariego // Jul 7, 2008 at 1:01 am
Muchas gracias por ese recorrido historico turistico de uno de nuestros barrios.Con este post PD se elegantiza y amerita que el buzon que reclama se le llene de esperanzas.
26 varela blog // Jul 7, 2008 at 1:57 am
No esta comico. Es un poco largo Pero esta buenisimo. Le faltaron mas imagenes. Buen post. Lo copio y me lo robo pa mi archivo personal.
Gracias.
27 Caminante // Jul 7, 2008 at 2:03 am
Gracias César… aquí tienes a otro que vivió casi una década en Marianao. 51 y 78, en la entrada de las Alturas de Belén. Cierto que el pulso está en sus mejores tiempos… me dio mucho gusto.
28 Max de Rob // Jul 7, 2008 at 2:55 am
La lectura de este magnífico artículo de César Beltrán me ha sumido en gran depresión, como a CS en el com 8. Lo que hemos perdido y lo que hubiéramos podido construir en estos malditos cincuenta años últimos.
A Marianao lo único que me une es que era fanático del club que llevaba su nombre, y no me quitaba la gorra naranja con el tigre ni para bañarme.
Tiempos muy buenos he pasado en esos cafetines de la playa, en los clubes, etc.,
No hay remedio, ‘consumatum est’.
29 IváN // Jul 7, 2008 at 12:36 pm
Magnífico artículo de Machete. Creo que no soy el primero que entiende que sus textos están pidiendo un libro.
30 César Beltrán // Jul 7, 2008 at 2:45 pm
La oportuna y valiosa aclaración de William Navarrete cierra el círculo. San Francisco Javier es el San Francisco africano, el de la jungla y lo desconocido. Muchas gracias a todos.
31 paladin de la equidad // Jul 7, 2008 at 9:01 pm
Sr. Beltran, usted ha demostrado además de talento para la literatura, una voluntad y agudeza que han profanado las incólumes “conductas propias” que subyugan el ocaso cultural del pantano. Siga su misión que será bien recompensada. Es usted un ejemplo de buen cubano.
32 Cuco // Jul 7, 2008 at 10:21 pm
“Orgullo de nuestra comunidad”….!
33 Teresa Caveiro // Aug 21, 2008 at 4:22 pm
A pesar de haber salido de cuba en el año 1960, con solo seis años de edad, siempre he tenido curiosidad por las cosas que permanecen en mi memoria. Mi familia, mis padres y hermano viviamos en Marianao, Buenavista. Se que la casa se llamaba “Villa Joyita”. Mi padre fue un Gallego que imigro a Cuba y despues de mucho trabajar y esforzarse en la vida (como tantos otros casos). Se que nací en HIJAS DE GALICIA y que de pequeña soliamos disfrutar de una especi de club privado que creo que tambien se llamaba Hijas de Galicia. Yo quisiera saber (ya que mis padres no viven) si alguien puediera decirme algo mas de todo esto. Si conocian a mi padre, Rosendo Caveiro.
Gracias por su esfuerzos en mantener esa chispa encendida. Un saludo cordial,
Teresa Caveiro
34 Claudia // Aug 26, 2008 at 1:17 am
Cesar de mi vida. No se si me recuerdes..soy Claudia la novia de Jorge Camacho, escritor, fuimos un par de ocasiones a tu casa y a exposiciones en el Design Distrit en Miami. Me gustaria contactarte ojala puedas enviarme tu e-mail. Mil felicidades por todos y cada uno de tus maravillosos Textos.
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