
A partir de julio, París adopta un ritmo más tranquilo: los parisinos se van de vacaciones y los atascos desaparecen; la ciudad respira, acompasada. En el centro, a orillas del Sena, en la rive droite, se levanta un espacio rectangular simétrico dividido por un eje perfecto, que parte desde la pirámide de cristal del Museo del Louvre y atraviesa luego en el espacio el Carrousel, el parque del Jardín de las Tullerías, hasta el obelisco egipcio de la Plaza de la Concordia con su casquete piramidal levantado donde estuvo la guillotina en tiempos de la Revolución francesa. Tras el obelisco y el tráfico de la plaza, continua la línea arbolada de los Campos Elíseos, el Arco de Triunfo y al fondo, a lo lejos, los rascacielos de “la Defense”, y el contemporáneo Arco realizado en época de Miterrand para la conmemoración del 200 aniversario de la Revolución. Un recorrido visual que nos narra en el espacio público la historia de la ciudad y una parte de la historia de Francia.
El Jardín de las Tullerías comienza a la salida del Louvre, pasando el Carrousel. En 1561 Catalina de Médicis ordenó la construcción de un primer jardín donde se encontraban los hornos de los tejares. Más tarde, en 1666, Luis XIV pidió a su jardinero —hoy sería un arquitecto paisajista— que diseñara un nuevo jardín, un parque con terrazas y diferentes niveles, un bosque rigurosamente ordenado y destinado a los paseos aristocráticos de la corte.
El espacio es una sucesión de zonas verdes soleadas y sombreadas, donde los árboles alineados forman verdes muros rectangulares perfectamente alineados; fuentes redondas y octogonales con sus surtidores de agua refrescan a los paseantes, la imagen del cielo azul, nuboso y la estrella de la feria que gira día y noche convertida en un mirador excepcional para ver París a vuelo de pájaro. Desde el ángulo lateral del río, desde la terrasse au bord de l’eau, en medio del bullicio en las terrazas, las cervezas, los reflejos del chardonnay al sol, he pensado en el Jardín de las Delicias del Bosco, en su panel central del Génesis, en el eje del mundo que es también celebración del agua y retablo de placeres.
La gente avanza por la allée central entre las nubes de polvo fino casi imperceptible que la brisa marinera del río levanta acompasadamente. Así llegamos a la salida del parque, pasando la fuente octogonal con sus jardineras perfectas, verdes en sus espirales vegetales y en sus macizos de lavanda.
En el espacio circular, llamado fer à cheval (herradura), el escultor norteamericano Richard Serra expone una pieza titulada CLARA, CLARA: diálogo entre dos láminas curvas sin engarces ni soldaduras, que ofrecen su potencia, su peso, su fuerza, su maleabilidad física y ambiental. La escultura respira, se mueve mientras la recorremos, proponiendo un camino y un homenaje a la sinuosidad del río que avanza paralelamente al trazado racionalista del parque.

La pieza de Serra dialoga por oposición con la estética del parque. Le Nôtre, desde su espacio de celebración, desde sus perspectivas perfectas, sus líneas rectas, sus divinas proporciones, justo al lado, escruta la ola doble de acero oxidado que desafiando la ley de la gravedad, dibuja dos hermosas líneas curvas que flotan sobre la arena del parque para modificar al mismo tiempo el espacio, la historia y nuestra percepción.
Maite Díaz
París

3 responses so far ↓
1 C. B. // Jul 12, 2008 at 2:39 pm
Gracias Maite, por este refrescante reporte del verano en París.
2 Cuco // Jul 12, 2008 at 7:26 pm
Gracias Maite. Paris bien vale una misa. El comentarista anterior CB no soy yo, por sia..
3 maite // Jul 13, 2008 at 9:54 am
Gracias Cuco me alegra disfrutes el paseo, imagino C.B., es mi amigo César, saludos a los dos et bon dimanche !
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