¿Alguna vez se preguntó el lector cuál es el peor enemigo de la libertad de prensa? Uno podría mencionar algunos enemigos conspicuos, como por ejemplo un Estado que censura, un propietario monopólico, el anunciante que quiere una cobertura favorable o al menos la ausencia de una cobertura desfavorable.
Pero el más insidioso enemigo de la libertad de prensa es un periodista y editor cobarde que no necesita que le digan lo que debe hacer, pues ha internalizado la necesidad de agradar o al menos de no ofender a la peor tiranía de todas: la de cierta opinión pública que considera que su logro más alto es saber cubrirse las espaldas.
Basta, simplemente como ejemplo, leer los obituarios dedicados en estos días a Earl Butz, un político republicano que sirvió a los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford como secretario de Agricultura hasta que fue obligado a renunciar después de hacer una observación ruda y malhumorada durante la audiencia de John Dean, uno de los que hicieron saltar el caso Watergate.
En las palabras del redactor del obituario del New York Times, Butz había “calificado a los negros como ‘personas de color’ que solamente querían tres cosas: actividades sexuales satisfactorias, zapatos holgados y una sala de baño tibia”.
No hay ningún adulto cuyos recuerdos se remonten a 1976 que pueda olvidar las verdaderas palabras de Butz. Su lenguaje fue mucho más soez al aludir a los afroamericanos. Dijo que “todo lo que los negros necesitan es una conchita apretada, zapatos cómodos y un lugar tibio para cagar”.
Si los insensatos prejuicios de Butz no hubieran sido divulgados de manera acertada, él podría haber permanecido en su cargo. Pero cualquier lector del periódico menor de 50 años de edad que haya leído la transcripción del New York Times no tendrá la menor idea respecto de la frase que causó la controversia original.
¿Qué sentido tiene un periódico que registra datos cuando su editor considera que el dato en sí mismo es intolerable para los lectores?
Mi pregunta es el resultado de ciertos desarrollos recientes de una noticia de primera plana que fue muy comentada en su momento.
Hace unos días, las autoridades de Dinamarca detuvieron a tres personas por un supuesto complot para asesinar a un danés de 72 años llamado Kurt Westergaard. Se trata de un dibujante que vive pacíficamente en una ciudad universitaria. No hace mucho tiempo, Westergaard se unió a otros dibujantes para diseñar algunas caricaturas del supuesto profeta Mahoma. El objeto de la sátira era romper con el tabú que existe a la crítica al Islam y sus diversos íconos.
La sátira fue ferozmente exitosa: musulmanes histéricos hicieron ídolos públicos de imágenes sobre las que habían proclamado que era imposible su exhibición, pues de lo contrario se convertirían en ídolos. Esta estupidez fue acompañada por una desagradable ola de violencia e intimidación. De todos modos, la semana pasada, casi todos los periódicos daneses tomaron la decisión deliberada de volver a imprimir los dibujos agraviantes.
Tal vez si ustedes viven en la mayoría de los países donde mi columna se difunde o se reimprime, se preguntarán por qué tanto alboroto. Seguramente, si ustedes viven en los Estados Unidos o en Gran Bretaña, todavía se lo estarán preguntando. Esto se debe a que sus periódicos decidieron por ustedes, igual que lo hicieron con respecto a Butz: consideraron que es necesario protegerlos de la indigerible verdad, y no reprodujeron las imágenes.
Vivimos en una era definida por la imagen y la fotografía. ¿Cómo puede ser que el punto principal de una historia enteramente visual pueda ser deliberadamente omitido?
Tengo la sensación de que la decisión de protegerlos a ustedes de las imágenes fue determinada por algo tan vulgar como el miedo.
La cobardía del establishment de la cultura estadounidense es fácil de detectar. Las únicas revistas que enfrentaron la autocensura o la capitulación al terror sin disfraces fueron la conservadora Weekly Standard y la atea Free Inquiry. Son dos publicaciones con una circulación combinada más bien pequeña; yo he escrito para ambas.
Poco después de esa publicación, la cadena de librería Borders sacó la revista Free Inquiry de sus estantes, con la nimia consecuencia de que nunca más daré una conferencia o compraré un libro en un local perteneciente a esa cadena. Y ya que estamos, los conmino a seguir el ejemplo.
Creo que se puede decir que la mayoría de los estadounidenses ni siquiera llegó a advertir esta traición. Pero eso se debió a que sus propios periódicos estaban demasiado avergonzados como para informar sobre una rendición en la que participan tan activamente.
Está claro que el nivel de “atemorizada deferencia” que puede encontrarse en este país es aún mayor que lo que cualquier censor –o incluso autocensor– podría animarse a desear. ¿Quién necesita un Estado censor cuando la prensa se muerde la lengua con tanta eficacia?
El artículo original, en Slate.


4 responses so far ↓
1 CS // Jul 12, 2008 at 5:06 pm
Hay que anadir que CH es un critico sagaz y consistente de la dictadura cubana. Preuba de que uno puede ser de la izquierda sin convertirse en una grabadora que repite lo mismo, estamos hablando de un hombre que provaca contoversias por que dice la verdad, pese a quien le pese. Puede estar a veces equivocado en sus analisis-desde mi perspectiva-pero nunca a tratado de tapar el sol con un dedo.
2 Woland // Jul 12, 2008 at 5:44 pm
¡Cuán amarga verdad!!
Ciertamente, el nivel de autocensura disfrazada de corrección política (y a veces sin disfraz…) mete miedo.
A raíz de la histórica e histérica campaña contra el periódico danés que publicó las primeras caricaturas, se me ocurrió hacerme una camiseta que dijera “Orgulloso de ser danés” en todos los idiomas que cupieran… Creo que tendré que retomar la idea. :-)
3 John_Ibiza // Jul 12, 2008 at 9:15 pm
¡Cuánta lucidez!
4 Güicho // Jul 12, 2008 at 10:12 pm
Sensatas palabras.
Por cierto, la misa de la autocensura los periodistas cubanos la ofician con los ojos cerrados. Si bien algunos, que ni asistieron, tuvieron su auto de fe individual como consecuencia.
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