Apreciado Dr. Kierkegaard,
Toda mi vida he sido un pseudointelectual de éxito, salpicando mis conversaciones con frases de Kafka, Epicteto y Derrida, impresionando a mis novias y haciendo que mis amigos se sintieran mentalmente inferiores. Pero estos últimos años eso ha dejado de funcionar. La gente me mira y pone los ojos en blanco. Mi ego artificialmente hinchado se está desvaneciendo ¿Qué ha pasado?
Existencialista en Exeter
Apreciado Existencialista,
Me llena de dolor ver a tanta gente que intenta ser pseudointelectual de la manera equivocada. Es ofensivo para la memoria de los grandes petulantes del pasado. Y es algo aún más frustrante porque tu equivocación es muy sencilla y, sin embargo, fundamental.
No has logrado mantenerte al día en los códigos de la superioridad intelectual. No te has dado cuenta de que a lo largo de los últimos años ha habido un cambio tectónico en las bases del buen gusto.
Ante todo, debes recordar que ha habido tres épocas de afectación intelectual. La primera, que duró aproximadamente desde 1400 a 1965, fue la gran Era del Snobismo. Los elementos culturales existían dentro de una jerarquía, con la ópera y las bellas artes en lo alto, y el strip tease en lo más bajo. El arribista social sólo tenía que familiarizarse con las formas más elevadas de la jerarquía y sus febriles acólitos se arrodillarían a sus pies.
En 1960, por ejemplo, bastaba con seguir el código del alto modernism. Uno dominaba alguna obra impenetrablemente difícil de T. S. Eliot o Ezra Pound y después se quejaba amargamente en las reuniones sobre la forma en que Lionel Trilling la había malinterpretado. Una cita amorosa exitosa podía consistir en una lectura de La tierra baldía, mientras se contemplaba el vacío de la condición humana y después irse a casa a beber vodka ruso y abrir el gas.
Este código murió en algún momento a finales de los sesenta, y fue remplazado por el código del Alto Eclecticismo. La vieja jerarquía artística fue dejada a un lado como algo reaccionario más allá de toda esperanza. En su lugar, cualquier objeto producido por cualquier miembro de un grupo colonialmente oprimido era considerado artística e intelectualmente superior.
Durante ese periodo, las recompensas de estatus iban a parar a los omnívoros culturales ostentosos —aquellos que podían disfrutar públicamente de una amplia gana de productos culturales históricamente hegemónicos. Era necesario tener una colección de discos que tuviera “un poco de todo” (excepto heavy metal): bluegrass, rap, músicas del mundo, salsa y canto gregoriano. Ayudaba decorar la sala de estar con totems religiosos africanos o tailandeses, o de cualquier religión mientras no fuera una de esas en las que resultaba inconcebible que uno creyera.
Pero el 29 de junio de 2007 el carácter humano cambió. Esa es, desde luego, la fecha en que salió al mercado el primer iPhone.
Desde ese día, los media desplazaron la cultura. Como han señalado los comentaristas del blog The American Scene, los medios de transmisión remplazaron los contenidos culturales como centro de excitación histórica y creadores de estatus social.
Ahora el líder del pensamiento global se define menos por la cultura que disfruta que por el smartphone, el social bookmarking site, el social network y el servidor de e-mail que usa para almacenarla y trasmitirla. (En esta era, MySpace es el nuevo traje de poliéster, y una dirección electrónica de AOL es la letra escarlata de la tecno-vergüenza).
Hoy, Kindle puede cambiar el mundo, pero nadie espera eso de una simple novela. El cerebro oscurece la mente. El diseño oscurece el arte.
Esta transición ha creado algunas nuevas reglas en lo referente al estatus. Ante todo, el prestigio se ha desplazado de aquel que crea el arte al que lo colecciona o le pone precio. Inventores, artistas y escritores vienen y van, pero las modas son para siempre. El estatus máximo recae sobre héroes a lo Gladwell que ocupan los puntos de convergencia dentro del sistema de información del Internet —sitios web como Pitchfork para la música, Gizmodo para los juguetes electrónicos, Bookforum para las ideas, etc.
Estos creadores de moda recorren los más oscuros apartados de la cultura de mercado, trayendo consigo las pepitas doradas de las modas güay que están por llegar a las masas de agradecidos discípulos.
Segundo, para cimentar tu estatus en la élite cultural, tienes que estar ya harto de todas esas cosas que el resto de la gente no ha llegado ni tan siquiera a conocer.
Cuando te encuentres con algún oscuro artefacto cultural —una banda independiente desconocida, zapatillas orgánicas para patinar o audífonos inalámbricos de Finlandia— querrás saltar con un entusiasmo próximo al éxtasis. Esto define la importancia de tu descubrimiento cultural, la finura de tu gusto selectivo y tu capacidad para adoptarlo por haberlo encontrado antes que los demás.
Cuando, algunas semanas después, el objeto sea ligeramente más conocido, dejarás a un lado todo entusiasmo con un gesto de pútrido disgusto. Ello demostrará tu superioridad sobre las lentas masas. Mostrará lo adelantado que vas con respecto a la masa, y qué tan distante estás ya en el futuro.
Si puedes hacer esto, convertirte ya no sólo en uno de los primeros en adoptar una moda, sino ser también de los primeros en descartarla, alcanzarás mayores recompensas en tu estatus que las que alguna vez pudiste imaginar. Recuerda, las eras culturales vienen y van, pero el sentimiento de superioridad es para siempre.
The New York Times, 7 de agosto de 2008.
Traducción exprés de Juan Carlos Castillón.




2 responses so far ↓
1 Anonymous // Aug 9, 2008 at 12:36 am
y speaking of which, que pasó con la iniciativa “twitter” por la que este blog iba a situarse en la vanguardia de las comunicaciones siderales? cuantos se apuntaron?
2 pd // Aug 9, 2008 at 3:32 pm
Es información abierta. Si se da de alta, usted mismo podrá cuantos suscriptores tiene la cuenta.
En la de Feedburner hay 160, por si le interesa.
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