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Antony Loewenstein: “Blogging away the Castro Blues” (updated)

September 27th, 2008 · No Comments

Le escribo a Antony Loewenstein, de cuyo libro The Blogging Revolution ya di noticia aquí. Muy cordial (la simpatía y el buen trato son la norma entre bloggers… de habla inglesa), me autoriza a publicar dos fragmentos del capítulo titulado “Blogging away the Castro Blues” (uno y dos, en PDF). Tiene cosas interesantes, y otras que, a mi juicio, forman parte de los lugares comunes de la doxa izquierdista sobre Cuba, pero el conjunto no está mal. Pronto publicaremos la traducción al español del segundo fragmento, donde hay varias entrevistas con disidentes cubanos.

PD: La traducción prometida:

La vida disidente

Llegué a la casa de Elizardo Sánchez en las afueras de La Habana. Vivía en un amplio boulevard y su casa era la encarnación misma del kitsch de los setentas, con múltiples figuras de distinto tamaño de María Magdalena y Juan Pablo II repartidas a todo lo largo de la modesta morada. En sus paredes cuelgan fotos de un joven Sánchez reuniéndose con el presidente norteamericano Jimmy Carter, el senador norteamericano Ted Kennedy, el ex presidente español José María Aznar y el antiguo disidente comunista y presidente de la república checa Vaclav Havel (que apremió a Europa a principios del 2008 a ser más directa en su condena contra las violaciones de los derechos en la isla y en su apoyo a los “movimientos democráticos”).
Sánchéz fue profesor universitario de filosofía marxista en los primeros años de revolución pero pronto se convirtió en un activista político, fundando la Comisión Cubana para los Derechos Humanos y la Reconciliación Nacional, un grupo que aboga a favor de un cambio político. Como el gobierno controlaba todos los tipos de empleo, perdió su trabajo poco después de 1968 debido a que “se produjo una revolución cultural en pequeña escala… contra los pensadores que cuestionaban el pensamiento estalinista ortodoxo en boga en aquel momento”. Pasó algunos años en prisión por desafiar el gobierno del partido único.
Masticando su puro, Sánchez permaneció tranquilizadoramente relajado durante nuestra entrevista. Vestido con unos elegantes mocasines marrones, una camisa y unos pantalones bien planchados, parecía en forma. Era el disidente mejor vestido con el que me haya reunido nunca y era capaz de conversar en un tono y lenguaje comprensible para los periodistas occidentales. Aunque eso era refrescante, me pregunté si me estaban dando una versión adecuada de las opiniones disidentes.
Se nos unieron otros disidentes —incluyendo la periodista Ana Leonor Díaz, y Héctor Palacios, recién salido de la cárcel y en libertad provisional (me contó que había sido uno de los primeros “camaradas” del Che Guevara antes de disentir de sus métodos). Durante mi visita, una delegación de la embajada japonesa llegó para hablar con Sánchez y Palacios. Este último parecía frágil y necesitaba un bastón para poder caminar, el tiempo pasado en la cárcel habiendo cobrado un notable peaje a su salud. Otros amigos disidentes entraron y salieron a lo largo del día y se me informó que virtualmente todos ellos habían pasado años en prisión por hablar libremente. El importante escritor cubano americano Samuel Farber afirma que la mayor parte de los disidentes cubanos “sin excepciones… asumen que el mercado es una fuerza de la naturaleza. Ni siquiera se discute, se asume.” Aunque llama a Sánchez “socialdemócrata moderado,” afirma que muchos de los otros miembros de la oposición son de “centroderecha”.
Estos disidentes ni son revolucionarios ni reciben financiación americana (eso dicen). Díaz era una mujer grande y vivaz, sus traducciones al inglés salían a trompicones entre cigarrillo y cigarrillo. Los otros parecían gastados, luchando por la solitaria senda de la resistencia contra Castro, careciendo de las herramientas básicas del activista moderno: Internet de banda ancha o un teléfono móvil. Sánchez habría declarado al New Internationalist en 1998 que “a pesar de la naturaleza pacífica de nuestro trabajo el gobierno niega reconocimiento legal a nuestro grupo.” “Nos prohíben tener una computadora, un fax, una fotocopiadora u otro material de oficina.” Me contó como su casa había sido registrada innumerables veces a lo largo de los años. Sánchez creía que le gobierno perdería si se convocasen elecciones libres y justas, pero “personalmente, creo que no deberíamos tener elecciones a corto plazo. Necesitamos una transición gradual y ordenada.”
Los tres disidentes eran extremadamente críticos de Castro y su liderazgo —al que llaman el “estilo talibán de totalitarismo”— en Cuba. Sánchez arguyó en 1998 que el país había desarrollado un sistema híbrido entre el modelo totalitario de la Europa Oriental y el caudillista de América Latina. Esto explica la fuerza del gobierno cubano y su enorme capacidad para el control social. Sánchez me mostró posters de centros de detención antes y después de la revolución de 1959. Ha habido una explosión de la represión, literalmente cientos de sentencias por todo tipo de “crímenes.” Los tres estaban en contra del atroz embargo americano y los torpes intentos de la administración Bush de aislar a Castro. Están igualmente preocupados con Chávez, temerosos de que pueda alargar la vida del régimen.
Mientras hablaba con los disidentes se me hizo claro que habían recibido a periodistas occidentales muy a menudo. Me sentí cómodo con ellos. Me preguntaron sobre Australia, aunque sabían poco de ella excepto que una editorial de Melbourne, Ocean Press, editaba libros sobre Castro y Che Guevara. No se sintieron impresionados por ello y quisieron saber por qué un país en el otro extremo del mundo podía mirar con simpatía a un “dictador.” Me ofrecieron vasos de agua y frutos secos, y todos los presentes contestaron las preguntas con una familiaridad que a menudo predecía mi preguntas. Ninguno de los disidentes bebió nada más fuerte que agua helada, aunque nos reunimos ya al atardecer. No sentí ninguna arrogancia o presunción por parte suya, ni pretendieron hablar en nombre del pueblo cubano. Eran airados, apasionados e incluso reflexivos. Díaz dijo que se sentían abandonados por Occidente, especialmente por Europa y América. Comprendía el por qué Washington había mantenido un embargo fútil por tan largo tiempo —gesticulación política para apaciguar a los cubanos extremistas de Miami— pero me dijo que la Guerra de Irak el 2003 dio al régimen de Castro la coartada perfecta para incrementar la represión “mientras el mundo miraba con atención como se destruía otro país”. Docenas de periodistas y disidentes fueron encarcelados el 2003 y sentenciados en juicios rápidos por “desestabilizar el país”. Muchos permanecen aún tras las rejas en atroces condiciones, con su agua de beber contaminada por materias fecales.
Internet ha sido un recurso importante, aunque ampliamente ignorado, para desafiar al régimen pero el acceso es tan prohibitivamente caro como restringido. De cerca de los 3000 periodistas que trabajan abiertamente para el gobierno, Díaz dijo que sólo 150 usan regularmente la red. “Pertenecen al partido del gobierno y se les permite acceder al Internet en casa a través de un servidor facilitado por el gobierno cubano.” Algunos sitios son inaccesibles y un intranet interno es ampliamente usado por las autoridades (Me sorprendí varias veces durante mi visita de cuántos cubanos usaban el correo electrónico, aunque normalmente con una dirección cubana y no Yahoo, Hotmail o Gmail.)
Un numero creciente de jóvenes cubanos, de la élite, están surfeando a escondidas la red, pasando información sensible a sus amigos con flash drives o bajando los últimos programas de la televisión americana. La Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba abrió un forum de Internet para reunir opiniones sobre su congreso anual de abril del 2008. Una conexión telefónica de Internet a principios de 2008 permitió a estudiantes de Miami y La Habana conversar y desbarrar contra la “tiranía” y la “represión”. Estos sucesos, aunque importantes en cualquier democracia, no indican que exista un amplio descontento en la isla, pero subraya el deseo de algunos cubanos de discutir problemas ignorados por la prensa del estado. Un joven articuló el desafío: “Los jóvenes de Cuba quieren cambio. La gerontocracia está en el poder y del otro lado está la juventud, cada vez más poderosa”.

(Traducción de Juan Carlos Castillón)

Temas: blogs & Internet · En Cuba · disidencia

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