Hoy, diez de octubre, Cuba celebra…
Me parece oír aún las voces atipladas de los niños cantando, hace medio siglo, uno de aquellos ingenuos ripios escolares con que celebrábamos las fechas patrias. En mi infancia, el 10 de octubre era todavía un feriado importante: el inicio de nuestra primera guerra de independencia que los cubanos llamamos “de los Diez Años”, estallido de violencia fundacional en el que un aristócrata esclavista se sublevó contra el poder colonial acompañado por sus propios esclavos, a los que acababa de liberar. Más de cincuenta años después que el resto de las posesiones españolas de América, los cubanos optaban también por la violencia revolucionaria, inútilmente aplazada ante la terquedad de España.
Sin embargo, para algunos heterodoxos el 10 de octubre fue en realidad nuestro primer golpe de Estado, juzgando así la acción precipitada de Carlos Manuel de Céspedes —que este justificara en una supuesta delación— como un ardid para tomarle la delantera a Francisco Vicente Aguilera, el verdadero líder de la conspiración. Si ésa fue la verdad, Aguilera —cuya nobleza lo hace destacarse entre nuestros próceres fundadores—no pareció tomarlo en cuenta y marchó poco después al exilio, donde Céspedes habría de enviarlo a representar a la república en armas como una especie de embajador viajero, tarea que habría de desempeñar hasta su muerte.
Así empezó, hace hoy 140 años, lo que los veteranos de nuestra independencia aún llamaban “la guerra grande” en la década del cincuenta: una contienda que serviría para acentuar nuestra conciencia nacional y ciertamente acelerar la ruina de lo que hasta unos pocos años antes se consideraba como la economía de plantación más próspera del mundo. De aquí que, más allá de las causas inmediatas que provocaron el estallido del conflicto, merezca mayor reflexión el retraso con que esta guerra se produce en el panorama del imperio español; la renuencia de la clase alta cubana, y de muchos intelectuales asociados a ella, a optar por el separatismo armado que, a principios del siglo XIX, había hecho nacer —con taras de tiranía y corrupción que hasta hoy perduran— a las naciones de Hispanoamérica.
Aunque las ideas independentistas encontraron alguna repercusión en Cuba —desde la revolución de las Trece Colonias (1775-1883), que dio lugar a la aparición de Estados Unidos y, posteriormente, durante las guerras de emancipación que liquidaron el dominio de España en todo el continente— no prosperó allí el pensamiento separatista en la primera mitad del siglo XIX. Podría afirmarse, más bien, que, en las primeras décadas de ese siglo, se robusteció la presencia española en el país pareja con la pujanza económica. Esto se debe, entre otros factores, a que muchos funcionarios y empresarios peninsulares que huían de tierra firme se reasentaron en Cuba, casi al tiempo que cesaba el monopolio comercial, y a que nuestra élite, una de las más adelantadas y cultas de América, apostaba más bien por el progreso gradual que podría traernos un régimen de mayores libertades y derechos y, en algún momento del futuro, la autonomía.
Otro factor sería la revolución de Haití (1791) que, al tiempo que favorecía económicamente a Cuba —al ocupar ésta el lugar que había tenido Saint Dominique en el mercado azucarero y cafetalero— servía para frenar cualquier opción violenta en el ánimo de nuestra clase alta, especialmente entre los hacendados (que aumentaban la importación de esclavos frente a la demanda creciente de la industria azucarera), contribuyendo así al conservadurismo de los criollos.
Conspiraciones hubo, ciertamente, a lo largo de esa primera mitad de siglo, como bien aprendimos en la escuela (la “del Águila Negra”, la de “los Soles y Rayos de Bolívar”, entre otras), pero nunca pasaron de ser intentonas, sin mucha raigambre y sin muchos adeptos, que terminaron en fracasos. Entre tanto la élite cubana creía que el desarrollo económico —que dependía cada vez más del auge azucarero y de la vecindad norteamericana— terminaría trayendo de la mano el progreso político. Pensaban que Cuba estaba destinada a encontrar un acomodo con España semejante al que más tarde habría de encontrar Canadá frente Gran Bretaña. Esta expectativa se daba, además, en un territorio que era una gigantesca plantación, con cientos de miles de esclavos (más de 600.000 hacia mediados de siglo) y una población blanca, con muy poca instrucción y dedicada a medrar, entre la que se destacaban, por su laboriosidad y su defensa del régimen colonial, los tenderos españoles.
Con enorme torpeza, el gobierno español respondería al aperturismo pacífico de nuestros patricios y de nuestros intelectuales con un recrudecimiento del despotismo. A partir de 1825, los gobernadores coloniales tendrían facultades omnímodas, y la censura, la persecución y la discriminación de los cubanos por la sola razón de ser tales no hizo más que acentuarse.
Muchos cubanos ilustres no se inclinaban aún por la independencia. Temían, con previsión que la historia terminaría justificando, que desatar una contienda armada podría significar la ruina y la barbarie para el país, en el cual la enorme población esclava podría replicar los horrores de la revolución haitiana. De ahí por qué muchos siguieron dándole un voto de confianza a España cuando ésta había dejado de escuchar o respondía con manotazos de plomo.
La idea de que Estados Unidos nos anexara surgió como una vía media entre las reformas que la corona no concedía o que concedía a cuentagotas y el temido desequilibrio que planteaba la lucha por la independencia; pero, pese a contar con notables promotores y apologistas, el anexionismo nunca llegó a echar raíces y terminó apagándose frente a la pérdida de interés de parte de los norteamericanos y al justificado temor de nuestros hacendados que vieron un desazonador precedente en el caso de Texas, donde los inmigrantes de origen anglosajón despojaron en pocos años a muchos terratenientes locales. Cuando Charles Dana visita Cuba en 1858 se hace eco de esta desilusión.
Puede afirmarse, pues, que la intransigencia de España frente a una de las élites más visionarias y mejor formadas del continente empujó a los cubanos al alzamiento armado como único camino hacía la afirmación de una identidad y la búsqueda de derechos. La proclamación de Céspedes el 10 de octubre de 1868 debe verse, creo yo, no como el acontecimiento fortuito que sería en 1933 la llamada “revolución de los sargentos”, ni como el grotesco hecho propagandístico del “asalto al Moncada” veinte años después, sino como el estallido inevitable de la conciencia nacional encabezada por un segmento de nuestra gente mejor que sabía, con responsable pesar, que ponía en marcha un proceso devastador: la destrucción de su mundo y la renuncia de los bienes y de la propia vida. Cuba, como concepto separado de España, empezaba a fundarse ese día. El precio era atroz, el resultado incierto; pero la nobleza y la entrega de estos iniciadores los salva de cualquier pequeñez. Por eso no andábamos desacertados cuando cantábamos de niños, en mañanas como ésta,
…fecha gloriosa de la nación.
Vicente Echerri
Nueva York






2 responses so far ↓
1 Yoana // Oct 10, 2008 at 4:30 pm
Si que es una fecha gloriosa, por más que el abuso y mal uso haga que muchos no quieran ni acordarse. Magnífico recuento, muchas gracias. Un saludo,
Rosa
2 Güicho // Oct 10, 2008 at 9:08 pm
Plenamente suscribible este texto.
Así era la cubanidad original, Carlos Manuel le metió el pie a Francisco Vicente, y más tarde murió desterrado en un rincón del monte.
La galleguidad posterior -producto de lo que comenzó Céspedes- es más consecuente: le ha metido el pie a la nación entera, y morirá en su cama geriátrica.
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