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Los peligros del “populismo chic”, por Mark Lilla

November 9th, 2008 · 8 Comments

Finita la commedia. Muchas cosas terminaron el martes por la noche, cuando Barack Obama fue elegido el presidente número 44 de los Estados Unidos, y dependiendo de cómo votó, usted se encuentra alegre o triste este fin de semana. Pero sin importar nuestra filiación política, todos —Demócratas y Republicanos al unísono— debemos celebrar el regreso de la gobernadora Sarah Palin a Juneau, Alaska.
La farsa de Palin ya es material para la leyenda. Durante una generación, por lo menos, mantendrá ocupados a los historiadores de las elecciones y a los comediantes de programas nocturnos, lo cual no es poca cosa. Pero sería una lástima que la risa ahogase una reflexión seria acerca de este extraño episodio. Como Jane Mayer informó recientemente en The New Yorker (“The Insiders”, 27 de octubre de 2008), la elección de John McCain no fue una casualidad, ni un descuido senil, ni un acto de desesperación. Fue el resultado de una larga campaña de influyentes intelectuales conservadores para encontrar una líder populista y joven a la que enganchar sus vagones en el futuro.
Y no cualquier tipo de intelectuales. Fueron los editores de National Review y The Weekly Standard, revistas que presentan a sí mismas como herederas del sofisticado conservadurismo de William F. Buckley y la libresca gravedad de los neoconservadores de Nueva York. Después de la campaña de Sarah Palin, esas tradiciones intelectuales pueden ser declaradas oficialmente muertas.
¡Qué extraño giro de los acontecimientos! Durante los últimos 40 años el conservadurismo americano ha ido en ascenso políticamente, en buena parte porque también iba intelectualmente en ascenso. En 1955 el sociólogo Daniel Bell podía publicar un libro de ensayos sobre La Nueva Derecha norteamericana, que la trataba como una profunda fuerza anti-intelectual, visión de la que se hizo eco algunos años después Richard Hofstadter en su influyente volumen El anti-intelectualismo en la vida norteamericana (1963).
Sin embargo, en la siguiente década y media todo eso cambió. Revistas como Public Interest y Commentary se convirtieron en lectura obligada para toda persona que se tomase en serio la política nacional e internacional; institutos de investigación conservadores surgieron en Washington y en los campus universitarios, dando una nueva perspectiva de las políticas públicas. Buckley, Irving Kristol, Nathan Glazer, Daniel Patrick Moynihan, Gertrude Himmelfarb, Peter Berger, Jeane Kirkpatrick, Norman Podhoretz eran gente a la que había que tomar en serio, estuviéramos o no de acuerdo con sus puntos de vista.
Habiendo crecido políticamente en los grises setentas, cuando el liberalismo parecía completamente exhausto, recuerdo la excitación de encontrar sus escritos por primera vez. Descubrí Public Interest la misma semana que Patty Hearst era secuestrada por el Ejército Simbiótico de Liberación, y sus páginas me ofrecieron asilo frente a la tormenta —de la turba en la calle, de las poses radicales de mis profesores y compañeros de clase, de la inopia de los liberales de limousina, de todo el loco circo de la política que siguió a los sesenta. La política conservadora me importaba menos que el sobrio comportamiento de los intelectuales conservadores en aquel momento; admiraba su madurez y seriedad, su perspectiva histórica, su sentido de la proporción, en un país susceptible frente a charlatanes y demagogos, que estudiaban las pasiones de la vida democrática sin sucumbir a los mismos. Eran elites que no andaban justificándose, elites que amaban la democracia y trataban de ayudarla.
¿Así pues, qué pasó? ¿Cómo es que treinta años después unos intelectuales conservadores más jóvenes han podido promover una candidata como Sarah Palin, cuya ignorancia, provincialismo y demagogia populista representan todo aquello contra lo que se alzaron los viejos pensadores conservadores? Es una triste historia que comenzó en los años ochenta, cuando los principales conservadores frustrados con la prensa izquierdista y el establishment universitario comenzaron a hablar de un “cultura intelectual de la contradicción.” Era una frase tomada del gran crítico literario Lionel Trilling, que la usaba para describir la intranquilidad que yace en el corazón de las sociedades liberales. La idea fue tomada y retorcida por conservadores irritados que veían adversarios en todas partes y decidieron comprometerse con unos “americanos comunes” a los que apenas conocían. En 1976, Irving Kristol se inquietaba públicamente porque la “paranoia populista” estaba “subvirtiendo las mismas instituciones y autoridades que la república democrática creaba laboriosamente para un autogobienro ordenado.” Pero a mediados de los años ochenta, le decía a los lectores de su periódico que el “sentido común” de los americanos comunes en materia de crimen y educación había sido traicionada por “nuestras elites desorientadas,” y por eso “tanta gente —y me incluyo entre ellas— que se preocuparían ante resurgir populista simpatizan hoy con este nuevo populismo.”
Ya estaba hecho el molde. Durante los veinticino años siguientes creció una nueva generación de escritores conservadores que no cultivaron ninguna de las virtudes intelectuales de sus mayores —que se veían incluso como contra-intelectuales. Muchos de ellos están bien educados y muchos han acudido a escuelas de elite, de hecho, uno de los planificadores de la nominación de Palin fue durante una época profesor de Harward. Pero su papel dentro del movimiento conservador ya no consiste en educar y ennoblecer una tendencia política populista, sino defender esa tendencia contra las supuestamente monolíticas y hostiles clases educadas. Se burlan del consejo de economistas que han ganado Premios Nobel y elogian la sabiduría financiera de plomeros y contratistas. Ridiculizan embajadores y diplomáticos mientras promocionan a periodistas chauvinistas que nunca han vivido en el extranjero ni hablan otros idiomas. Y con el ascenso de la radio y la televisión de choque, han encontrado una amplia y popular audiencia que absorbe voluntariamente su desprecio hacia las elites intelectuales. Esperaban dar forma a esa audiencia, pero la verdad en que su audiencia es la que ha acabado por darles forma.
En los setenta, a los intelectuales conservadores les gustaba hablar del “radical chic”, la bien conocida tendencia de liberales educados, a menudo ricos, a proyectar sus fantasías políticas en brutales revolucionarios y delincuentes callejeros, y transformar “sus luchas” en algo romántico. Pero “populist chic” es simplemente la inversión del “radical chic,” y no es menos absurdo. Los conservadores tradicionales siempre han sospechado del populismo, y tenían razón al hacerlo. Vieron las élites como un hecho de la vida política, incluso en la democracia. Lo que importa en la democracia es que esas elites adquieran su posición a través del talento y la experiencia, y que sean educadas para servir al bien público. Pero importa también que mantengan su status de elite y la necesidad de las elites. Deben ser amigos de la democracia mientras la defienden, y se defienden, de la tendencia hacia lo igual y la vulgarización a que toda democracia tiende.
Escribiendo recientemente en el New York Times, David Brooks indicó correctamente (aunque tarde) que el “desdén hacia los intelectuales liberales” de los conservadores se ha deslizado hasta convertirse en el “desdén hacia la clase educada como conjunto”, y se preocupaba porque el Partido Republicano se alienase de los votantes educados. No me preocupa lo más mínimo el futuro del Partido Republicanom, pero me preocupa la calidad del pensamiento político y el juicio de este país en su conjunto. Había una vez un momento en que los intelectuales conservadores alzaron el nivel del debate en el público americano y ayudaron a mantenerlo sobrio. Esos días pasaron. En lo que respecta a un juicio político, el avance de Sarah Palin como posible líder mundial habla por sí mismo. El Partido Republicano y la derecha política sobrevivirán, pero la tradición intelectual conservadora ya está muerta. Y todos nosotros, incluso los liberales como yo, somos más pobres por ello.

El artículo original en The Wall Street Journal.

Temas: Elecciones EE UU

8 responses so far ↓

  • 1 Helios // Nov 9, 2008 at 10:46 pm

    Lilla es algo selectivo con su historia. Quiere hacernos creer que los conservadores pasaron de una epoca de rechazo al populismo y abrazo de la intelectualidad a otra de viceversa.

    En realidad, los conservadores han abrazado y rechazado el populismo no por cambios en el andamiaje intelectual en que se apoya, sino simplemente de acuerdo con la conveniencia del momento.

    Actualmente — o por lo menos hasta ayer mismo — a la vez que rechazan con desprecio el populismo de lideres como Hugo Chavez en Venezuela o los Kirchner en Argentina, adoptaron con entusiasmo el de Sarah Palin porque se convencieron que ella los llevaria a la victoria en el 2008.

    El dobleraserismo, y el intento a negarlo apelando a argumentos como los de Lilla, estan ambos igualmente a la vista.

  • 2 pd // Nov 9, 2008 at 10:51 pm

    Ja ja, Helios, de vez en cuando me hace reír… Lo suyo es la oposición pura y dura. Lilla habla de historia intelectual, que es algo demasiado sutil para usted, por lo visto.

  • 3 César Reynel Aguilera // Nov 9, 2008 at 10:53 pm

    jejejejejej!

  • 4 Helios // Nov 9, 2008 at 11:17 pm

    Jaja y… jaja.

    Lilla resume la historia intelectual de los ultimos casi 50 años para con ella explicar la postura conservadora del momento vis a vis el populismo.

    Parece que no leiste o no entendiste este pasaje:

    “So what happened? How, 30 years later, could younger conservative intellectuals promote a candidate like Sarah Palin, whose ignorance, provinciality and populist demagoguery represent everything older conservative thinkers once stood against? It’s a sad tale that began in the ’80s….”

    con el cual comienza su cuentin.

    Entre parentesis, no es que Lilla mienta sobre esa historia intelectual, sino que la historia intelectual no tiene mucha coneccion con el fenomeno que pretende elucidar.

  • 5 Helios // Nov 9, 2008 at 11:29 pm

    …pero tenes (acento en la e) razon, amigo PD.

    Lo mio es oposicion pura y dura.

  • 6 pd // Nov 9, 2008 at 11:32 pm

    Juan Carlos Castillón me envía amablemente una traducción del resto del artículo, así que ya tienen la traducción completa.
    Hace tiempo publiqué aquí mismo un post sobre un interesante libro de Lilla:
    http://penultimosdias.com/2006/08/26/a-proposito-de-un-libro-de-mark-lilla/

  • 7 Max // Nov 10, 2008 at 12:41 am

    Interesante artículo de Lilla. Muy esclarecedor.
    La crisis del Partido Repúblicano (que no es el partido de los “eggheads” a los que si representa Obama) se viene gestando hace años y ha llegado a su climax con George W. Bush.
    Tiene que ver con el secuestro y la tergiversación de los antiguos valores republicanos por parte de la extrema derecha religiosa fundamentalista. Ellos fueron los que cometieron la estupidez de seleccionar a la Palin –digno ejemplar de cuanta ignorancia y estupidez puede albergar un alto dirigente en USA– , y con ello provocaron la derrota de McCain. El mismo McCain nunca perteneció a esa derecha fanática, pero tuvo que agarrarse de ellos y entregarse en sus brazos.
    Si hubiera nombrado a Romney, Lieberman u otro como VP, quizá fuera hoy el presidente electo. Aunque fueran pro-choice, y estuvieran a favor de abrir la investigación con células madres.
    Al final, los talibanes republicanos solo hubieran tenido dos alternativas, o votar por McCain o no votar, y esto último hubiera favorecido a Obama, lo que menos ellos querían.

    El Partido sigue secuestrado, veremos quien es el des-secuestrador que lo des-secuestre

    Saludos

  • 8 Alejandro // Nov 10, 2008 at 5:21 pm

    No sé de qué está hablando Lilla. La intelectualidad conservadora no promovió a Palin sino que la consideró una mala selección cuando no un disparate. (A veces en alta voz como Buckley, a veces entre bambalinas, pero es obvio por la escasez de defensores de la Palin). A no ser que se considere a Hannity, Limbaugh y el resto de los hablabasuras de la radio y el cable intelectuales o esté hablando de pseudopolitólogos como Jonah Goldberg o las meretrices de Regnery Publishing.

    Si la clase intelectual conservadora buscara un político populista y joven al que apoyar, ahí estaba Bobby Jindal. La realidad es que la intelectualidad conservadora tiene muy poco efecto en las decisiones políticas de los republicanos post-Rove y post las teorías a medio cuajar del neoconservadurismo. (Véase si no cómo esos mismos hablabasura les están echando la culpa de la candidatura de McCain al promover la necesidad de mayor moderación y “nuance”). Ganar a toda costa y por la vía más rápida se convirtió en el lema y ahí se sacrificó el largo plazo.

    Lilla está en lo cierto cuando habla del antiintelectualismo rampante en el movimiento populista conservador, pero me parece que se equivoca en declarar a la intelectualidad conservadora muerta. No va a haber mejor catalista para el debate y la redefinición entre los conservadores que el no estar en el poder y la pelea por ver qué tendencia sale adelante.

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