Penúltimos Días

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Pasaje Gutiérrez

November 24th, 2008 · 2 Comments

No sé por qué desde Trilogía sucia de La Habana (Anagrama, 1998) siempre le exijo más y más a Pedro Juan Gutiérrez. O repetirse menos, al menos.
Supongo sea el precio por ser un contra-clásico. Supongo también que mis manías de lector límite me acercan al borde imposible del abismo, como uno de esos “últimos lectores” de los que habla Ricardo Piglia.
Al cabo de una década de Don Pedrojuanismo, aparece ahora Corazón mestizo, El delirio de Cuba (Planeta, 2007): una suerte de crónica ficcionada que le da la vuelta a Cuba en 280 páginas, y cuyo slogan editorial podría ser “visite la non-fiction primero y el dirty-realism después”. Porque, en más de un sentido, este libro apuesta por la recuperación de las raíces reporteriles de nuestro PJG en La Habana.
Sólo que la realidad cubana es una pulpa que advierte en el embalaje: handle with care. Y de tanta precaución con tal de no meter la pata, la carne cruda del imaginario de PJG es procesada en este libro para su mejor consumo y potabilización. El texto, como una masa mansa de tintes autobiográficos, queda texturizado de buenas intenciones, hasta casi caer en el “solaz esparcimiento” del buen lector: Cuba explicada a los niños.
De manera que, de tanto manéjese-con-cuidado (y hay muchos viajes por carretera en este libro), la literadura anterior de PJG deviene aquí literatoura: un Bildungsroman light a lo corto y a lo estrecho de nuestro paisaje, un brochure gratuito sin necesidad de hacer cola para comprar un pasaje.
Las buenas maneras de nuestro autor se notan con sólo abrir este manual de viajes infranacionales de la Era Yutong (si bien a PJG las guaguas chinas no lo atraen demasiado). El libro ni siquiera intenta salirse de su propia apoteosis documental (¿tara congénita de los reporters?) y, capítulo tras capítulo (son 15 lecciones de geocubasofía), cada nueva peripecia se nos destiñe predeciblemente en la peripecia anterior.
Corazón Mestizo se articula como un diario de campaña de fast-reading o tal vez de auto-ayuda: es casi una edición crítica del propio PJG, con cronologías y comentarios y bibliografía y hasta nombres científicos en latín para extranjeros instalados o interesados en la Isla. Así, PJG ha compuesto su Suite Cuba particular: “un fascinante viaje por el interior de Cuba y de todas sus gentes”, como lo promociona radionovelosamente el narrador en off de la contracubierta. “El lado oculto y salvaje de mí mismo y de la gente que me rodea”, bravuconea PJG en su “Prólogo del autor”, cuando ninguna de sus anteriores ficciones precisó de introducción para ser verosímil (este libro “más serio” parece que sí).
Al contrario del caos desbalanceado que alimenta su “ciclo de Centro Habana” (o Contra Habana), aquí el corazón mestizo de PJG no delira demasiado. Se nota enseguida su ansiedad taquicultural a la hora de nombrar bien las cosas. El ritmo de la prosa es trepidante, como siempre, pero la sorna cáustica se neutraliza con rashes de ingenuidad. Su reportaje destila justicia (la mirada justa más que le mot juste) y dispersa así la fricción que hacía cortocircuito en sus otros relatos, motivo por el cual Trilogía sucia de La Habana continúa todavía sin el imprimátur institucional.
Es como si a PJG le hubiera llegado la hora de demostrar que es un homme de lettres ante un tribunal académico, y por eso recorre Cuba datándolo todo con la prueba del Carbono-14 (hasta saturar y suturar con fechas la factura del libro).

Después de Trilogía sucia de La Habana, supongo sea muy arduo seguir siendo PJG y no morir en el intento. Sus otros libros de ficción (El Rey de La Habana, Animal tropical —único de esta saga editado en Cuba, aunque casi podría incluirse en ella Nuestro GG en La Habana—, El insaciable hombre araña, Carne de perro y El nido de la serpiente) intentan competir, sin mucho éxito, con esa máquina de narrar de marca PJG que, en mi opinión, es de lo más exultante e insultante que nos ha pasado en 40 o 400 años de un espejismo de paciencia llamado Literatura Local.
PJG fue una revolución del relato cubano finisecular. Ha sedimentado una lengua minoritaria no pronunciable en Cuba antes de cristalizar en su obra. De ser un poco más humildes, en nuestro camping literárido se hablaría del cuento antes de PJG y después de PJG, pues dicho género (premios y antologías aparte) se revolcaba penosa y posnovísimamente en la agonía de un realismo ramplán.
En sus mejores momentos, PJG tiene olfato de demonio dramático y precisión preciosista de cirujano (excepto en algunos diálargos). Para ello, opera con un detector de mierda que expulsa lo disciplinario del discurso y asimila el debris de una zoociedad en implosión: big crash traducido al hezpañol. Paradójicamente, PJG parte de una limpieza lingüística cuyo desenfado linda con el descaro: su realismo sucio estilísticamente es muy pulcro, por la economía con que revuelve y resuelve su materia prima soez.
PJG es también sentido de la conectividad: esto imprime a sus relatos la energía potencial de toda su impolite politicidad (a muy pocos escritores cubanos les interesa la cuerda desafinada de la política: tal vez nosotros, los sobremurientes, nos preocupamos demasiado en sobrevivir).
Y PJG es, last but not least, el cuerpo. No sólo cuerpos templando en un escenario socialipsista de posguerra, sino cuerpos contemplativos vaciados de deber y viciados de placer: pornoidiotez subproletaria de una utopía tupida en pleno paraíso parapolicial. Y no son pocas las claves del thriller contrabandeadas cómicamente en la poética de PJG.
Creo que muy pocos autores rinden tanto con tan poco. De ahí mi malestar con este Corazón mestizo, un motor que se me antoja escaso de fuel: el carburador ahogado por usar solventes más saludables que el crudo. PJG ha rebajado aquí su combustible a lo costumbrible, al punto de que hasta su anti-intelectualismo resulta incluso demasiado letrado.
PJG repasa las leyendas rurales antes que las urbanas que habitualmente explota. Nos topamos aquí, como si fueran personajes feijoosianos de la serie animada South Park, con guajiros abducidos por OVNIs que darían envidia hasta a nuestro cosmonauta cubano (quien hace un cameo en la página 272). Descubrimos restos celtas y fenicios precolombinos, sin descartar que ambas civilizaciones hayan tenido su cuna en Cuba. Especulamos sobre naufragios costeros que, de ser rescatados, serían la panacea de la cancaneante economía cubana. Consultamos a energopiramidistas y a monjes independientes de la batalla anti-cáncer, todos en busca del santo grial anticancerígeno. Y hasta conferenciamos con caracoleros fósiles de teorías tectónicas.
El plato fuerte del delirio (con plateau cinematográfico para una súperproducción del ICAIC) es la Atlándida pinareña sumergida en el Golfo de México: en semejante guión (acaso del propio PJG), podría concluirse que Moctezuma tuvo un antepasado en Mantua (¿Manctuezuma?), y hasta reclamaríamos a la ONU la herencia con que México DF debería indemnizar a nuestros nativos (esto sin descartar que los peritos criptoliterarios pudieran detectar que el Popol-Vuh fue el primer plagio continental contra nuestra escritura de isla).
Por esa línea, Corazón mestizo pudo convertirse en El Satangelio según Pedro Juan. No fue el caso, por desgracia. Pero sí ha sido otro ticket de polizón para bojear y barajar al contrarrelato cubano. Por si sirve de referencia, yo lo leí de un palo y redacté este pugilato ipso facto. Esa inmediatez creativa supongo sea su epitafio mejor, más allá de mis aberraciones de lectura y mis exigencias excéntricas. Let it read.

Orlando Luis Pardo
La Habana

Temas: Orlando Luis Pardo · literatura cubana

2 responses so far ↓

  • 1 Lilaina // Nov 25, 2008 at 6:54 pm

    Luis Pardo, cómo se puede escribir tan feo, con un estilo tan sofocante? Es insoportable leerte. Respira, pipo, converza. Esas palabras convirtiéndose en otras palabras, ese recurso constante es un martillo, un bache constante en la lectura.

  • 2 CAVECANEM // Nov 25, 2008 at 9:05 pm

    pues yo tambien me lei to el bodrio tuyo Orlandito de un palo y ahora me excusan mientras le entro a cabezazos a la pared de enfrente. Contigo y tus mamotretos me pasa lo mismo que con un choque de trenes, uno sabe que va a ser horrible pero tiene que seguir mirando. Supongo que para ver si va a ser peor que el anterior. Orlando piensa que si a Infante le quedaba bien la aliteracion y el neologismo por qué no va a poder chaparronear piruetas lexicales similares él mismo. Una pequeña diferencia sin embargo, majo: proporción, mesura, acuérdate de “los griegos armoniosos” de la hybris, del aquel insular pecado de “pasarse” del que nos advirtiera Machingó. Refrain from escriturear, plis.

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